El viaje de nuestros dos gandules sigue su marcha. Volaron de Malasia a Indonesia, dejando atrás la abundancia y ostentación, las hermosas islas y la espesura de las junglas, para adentrarse en la cruda realidad de Sumatra, isla frecuentemente castigada por devastadoras catástrofes naturales. No esperaban encontrar lo que encontraron, ni encontraron lo que esperaban; vagar de un lado a otro sin un plan claro, sin guía, ni internet, ni teléfono, ni gente que hable inglés complica el más sencillo de los itinerarios. Confiar en los pescadores o en los ricachones como si de hermanos se tratara no siempre sale bien. Aquí, en Sumatra, vuelven los centros de información turísitca que desinforman, vuelven los mercados coloridos, apestosos y húmedos, los autobuses revienta-tímpanos-a-base-de-zapatilleo, la comida callejera, las sonrisas gratuitas y las confusiones continuas.
Cuando llegó la hora de meterse en el avión que les llevaría de Kuala Lumpur a Medan, en la región norte de Sumatra, Indonesia, tenían la sensación de que el viaje les llevaría a una continuidad celesial, al mismo país con otro idioma y bandera, a las mismas playas y a las mismas junglas y a la misma vida salvaje. Confundían en su cabeza Bali con cualquier región de Indonesia. Pensaban encontrarse lujo y comodidad, paz en su lento caminar, aceite de oliva en lugar de alquitrán y hallaron algo muy diferente.
En la terminal del diminuto aeropuerto fueron recibidos por los chacales cambistas, “buy dollar, buy euro”, “buy me, friend, good price for you”. Las mochilas ya estaban tiradas en el suelo mientras salían del paseillo del cambio; nada de esperar durante media hora a que lleguen en una sucia cinta. Tras las ofertas económicas simpre llegan las de transporte: “where you go sir?... taxi?”, “my friend, you need motorbike... cheap cheap”, “you want charter?”... Y por último llegan las personas que de ti nada quieren, pero que se mueren por demostrar en público su dominio del inglés: “ey, my friend, where you come from?”, “Oh, Spain! Barcelona o Madrid?”, “ey Mister, how are you?” “Fine, thanks, and you?” “Jejejeje jijiji”, ni zorra de lo que preguntan, pero les sirve para tirarse un pegote gigante frente a los coleguitas que ya les palmotean la espalda en señal de joder-cómo-te-sales-hermano. No hacía falta nada ni nadie más para saber que los días de turismo guerrero, de los que aman nuestros holgazanes, habían llegado de nuevo.
Como no podía ser de otra forma rechazaron taxis y motos y se fueron directos al más cochambroso de los tuk tuk para ver la ciudad despacito, piano piano, la prisa mata. Además, ya echaban de menos el regateo y debían refrescar destrezas.
- Mister, we want to go to the bus station, we want to go to Sibolga -empezaron.
- Oooh, Sibolga, Sim Piti bus station, I know I know... 50 thousand -no se lo cree ni él, pero por si acaso cuela, lo suelta.
- 50 thousand? Com'on mister, we give you 5 thousand each and you take us there, ok? -atacan con cara de buenos chicos.
- Ooooh, 5 thousand! No no no, 50 thousand? Very far, you know” -mostrando una falsa indignación.
- Ok, ok, then we look for someone else, you very expensive” -le dicen pretendiendo dar la negociación por finiquitada.
- Ok, 40 thousand? -replica el conductor.
- No no, mister, 5 thousand each, but don't you worry, we look for someone else.
- Ok, ok, 20 thousand? -dice cuando ya nuestros tunantes tenían la mochila cargada en la espalda y empezaban a caminar sin saber muy bien hacia dónde-. Ey, ey, ok ok... 10 thousand!
- 10 thousand ok? -le contestan dándose la vuelta-. Ok. Let's go.
Montados en el tuk tuk recorrieron algunas calles de Medan, la cuarta ciudad más grande de Indonesia, tragaron polvo sin parar, sufrieron el intenso tráfico en el medio de transporte más lento de todos (ni una bicicleta a la vista), camionetas bufando por la derecha, autobuses pegando volantazos para evitar atropellos, el conductor del tuk tuk metiéndose en dirección contraria sin temor a morir aplastados por los todoterrenos japoneses... Todo esto bajo una discoteca de claxons, dentro de un mare mágnum de saludos y de miradas inquietas e inquietantes y con los dos mochilones, el gorro vietnamita y el ukelele sobre las rodillas. La Indonesia profunda les dio da la bienvenida nada más aterrizar.
Los dos días posteriores serían muy parecidos y pueden ser resumidos en pocas palabras: noche de autobús, mañana de autobús, tarde de cháchara con los lugareños en espera de decisiones convincentes, de café en café; noche de autobús, mañana de autobús, tarde de cháchara con los lugareños en espera de decisones convincentes. Tuvieron que esperar al tercer día en Indonesia para dormir en una cama. Los tobillos se enfadaron y decidieron hincharse y amoratarse en señal de protesta, las espaladas se quejaron a más no poder y los ojetes mutaron a culo de mandril.
El día siguiente madrugaron mucho, desayunaron y se fueron en busca de un barco que les llevara a la isla. Preguntaron a un pescador. 800.000... bueno 700.000... venga por 600.000 ida y vuelta. “Muy caro, muy caro”. Fueron a preguntar a la agencia que organizaba paquetes de un día (transporte, comida, buceo, 250.000). Todavía muy caro, pero permisible. “Ok, pa'lante” “Lo sentimos, necesitamos un mínimo de tres personas y, como bien podéis contar, sólo sois dos” “Me cachis”. Volvieron al pescador y le ordenaron “Ok, míster, nos llevas y nos traes por 400.000, pero te pagamos a la vuelta que ahora sólo tenemos 200.000”. “Ok, no problem, 400.000, me dais 200.000 ahora para la gasolina y los otros 200.000, después”, respondió el pescador en un inglés más que aceptable. Pensaron que quizá se lo podían haber sacado por algo menos, dada la rapidez con que aceptó los 400.000, intentaron rebajarlo un poco más, pero una vez que el precio está acordado es imposible cambiarlo -ley del regateo artículo primero-.
Diez minutos después se montaron en una estrecha y carcomida barca, gobernada por otro pescador. El pescador con el que habían negociado decía que estaba con gripe y no le era muy aconsejable echarse a la mar, así que delegó en su hermano mayor, que no hablaba ni papa de inglés, pero que también tenía una cara de alegría perenne. Se prepararon para una hora y media de saltos por el Océano Índico, pasaron entre buques enormes, islotes y más barcas de pescadores, gozaron del viaje sabiendo que en poco tiempo llegarían a otro paraíso, a otra de esas islas que hacen que el tiempo se pare... y vaya si se paró.
Lo que pasó a continuación no tiene nombre. Hay ocasiones en las que la bondad se desvanece y la maldad impera. Nada más poner pie en la recepción, y sin un cortés “bienvenidos” por delante, nuestros gandules fueron informados de que tenían que pagar la friolera de 200.000 rupias para poder entrar en la isla. Nadie les había informado de que tuvieran que pagar por entrar, ni en información turística ni el pescador con el que habían negociado, y para colmo llegaban sin un real en el bolsillo pues le habían dado los 200.000 que tenían -la mitad de lo acordado- al pescador para que le echara líquido al bólido marino.
Le explicaron a la recepcionista lo ocurrido, buscando un poco de compasión. No tenían ni idea de que hubiera que pagar, no sabían era una isla privada que pertenecía a un empresario chino que había decidido montar un resort de lujo. ¡Si no lo sabían ni los de la información turística, cómo demonios lo iban a saber ellos! No les hicieron ni caso, y se empeñaban en pedirles el dinero. Aparecieron dos militares indonesios de la nada y nuestros tunantes empezaron a desesperarse, les enseñaron la cartera para demostrar que no mentían, estaban pelados, y les dijeron que se lo habían dado todo al pescador, les rogaron que hicieran una excepción y les dejaran pasar el día en la isla. Tras la recepción hicieron un leve amago de hablar con sus superiores, pero gastaron menos de diez segundos en el teléfono para decir “we have rules and to enjoy the island you have to pay 200.000 rp. This is our rule”. Volvieron a insistir en que no tenían nada en contra de sus leyes, que las entendían a la perfección, pero que nadie les había informado de ello y que habían llegado a la isla sin un duro. “¿Qué vamos a hacer ahora?” La respuesta fue tajante: “esperar a que vuestro pescador vuelva a buscaros”. “¿Cómo?” Habían acordado que el pascador fuera a recogerlos a eso de las 4 de la tarde, es decir, nada más y nada menos, que seis horas después. Seis horas en el paraíso no son nada, pero seis horas en el infierno es una eternidad. “¿Nos vais a tener esperando seis horas en el embarcadero, qué os cuesta dejarnos pegarnos un baño, comernos nuestras galletas y bucear aquí mismo, no hace falta que nos dejéis dar una vuelta por la isla, podemos bucear aquí mismo, qué os cuesta?” La respuesta fue de nuevo tajante: “we have rules and to enjoy the island you have to pay 200.000 rp. This is our rule”. Cuando el enfado de nuestros gandules llegó al máximo la recepcionista dio la orden de desalojo. Le dijo a los militares que los llevaran al embarcadero y que no se movieran de allí hasta que llegara a recogerlos el pescador. Constant tension. Tras un agarrón en el brazo los gandules se vieron forzados a ir al embarcadero. Mejor en el embarcadero de una isla gloriosa que en una cárcel indonesia.
Allí se tiraron las seis horas siguientes. Intentaron volver a la recepción para intentar nuevas estrategias. Ni el llanto forzado de Isabel les hizo cambiar de idea; todo lo contrario, se ganó otro agarrón y hasta la acompañaron al baño cuando les dijo que necesitaba mear. Nuestros viajeros tratados como criminales por llegar a una isla sin dinero.
Por suerte el pescador apareció. Dado que no hablaba ni gota de inglés no puedieron explicarle lo qué habían pasado desde que les dejara en la isla. Estaban tan quemados que no sabían distinguir muy bien a quién odiaban más -sin contar al empresario chino, por supuesto, que lo hubieran degollado de estar allí presente-. No sabían si odiaban más a los empleados del resort, que acojonados por el chino no tuvieron pelotas a dejarles pisar la isla, o al pescador con el que habían apalabrado el viaje que no les había dicho que tendrían que llevar dinero extra. Disponían de una hora y media en el Océano Índico para pensar en cómo evitar darle los 200.000 que les faltaban por pagar. No iba a ser tarea fácil. El precio acordado tras un regateo es algo que hay que respetar. Habían acordado pagarle 400.000 por ida y vuelta. Ya habían pagado 200.000. Les quedaba por delante una dura negociación rodeados de pescadores malhumorados. Sabían que llevaban todas las de perder y no dudarían en ceder si la cosa se ponía muy fea. Ante todo había que evitar a la policía.
Táctica anti-pago: caras de jodidos -no hacía falta forzarlo mucho-, indignación total y encerrarse en banda a base de “sabías que teníamos los 200.000 para la gasolina y que no nos quedaría nada de pasta para pagar la isla, sabías que no podíamos gastarnos mucho, nos has hecho perder el día, seis horas en el jodido embarcadero mirando al agua y jugando al dominó con dos marines, ya te vale, bla bla bla, bla bla bla”. Si no funcionaba la indignación y el mosqueo, y se empezaba a caldear el ambiente, se pagaban los 200.000 pendientes y listo; no siempre van a salir los planes bien.
Llegan al puerto y el pescador con el que habían acordado pagar 400.000 no está. Su hermano no habla nada de inglés, pero mostrando el índice y el corazón de su mano derecha les pide los 200.000 pendientes, los gandules guerreros le contestan que dónde está su hermano, que tienen que hablar con él. Le llama por teléfono y aparece a los diez minutos, recién salidito de la mezquita, ataviado con su túnica blanca y con una cara de felicidad enorme. El hermano, gesticulando, enfadado, le dice que no sabe por qué los guiris no quieren pagar. Ya se había había activado el plan, la táctica anti-pago ya había comenzado. Le contaron la película -con la armadura puesta y la espada en mano-, se enfadaron muchísimo, le dijeron lo iiritados que estaban, habían estado todo un día sin hacer nada, más y más pescadores se acercaban a contemplar la escena -nadie entendía nada, pero todos querían presenciarla, dos extranjeros rodeados de toscos pescadores era algo que no se podían perder-, las caras de sorpresa e incredulidad empezaban a aparecer... mientras tanto el pescador escuchaba con atención. Cuando nuestros tunantes terminaron, el griposo marino reflexionó unos segundos, intercambió unas palabras con el hermano, le dijo a los colegas que se callaran, les contó lo que había pasado. Segundos más tarde se escuchó la plácida e inesperada sentencia:
- ¿Cóóómo, qué nos os han dejado pisar la isla? ¡Pero serán malajes! ¿En serio? No me lo puedo creer. Lo siento mucho, chicos, no sabía que la isla fuera privada. Yo estuve hace unos años y nadie pedía dinero por entrar. Tras el terremoto los chinos han comprado la mayoría de las islas y están plagándolas de resorts. Lo siento mucho. No os preocupéis por el dinero, ya le pago yo el resto a mi hermano... lo que haga falta. ¿Queréis que os acerque a vuestra pensión? Lo siento de veras.
Así, sin más, sólo tuvimos que explicarle una vez lo que había pasado y lo entendió. Y nosotros, preparados para la guerra, pensando que íbamos a liar un pollo bueno en el puerto.
Sumatra Sumatera, una de cal y otra de arena.
***
PD: Chin chin, chino.
Chiflado cheche chino,
churretoso y choricero,
churritador de chuzonadas chorras.
Chafarrinaste el chapalear de los chenchas chocolateros,
chafallaste cual chimpancé tan chanante chapoteo,
chicaneando con chuceros. Chancho.
Chiclán chacueco chafalmejas,
que un chapero chorrudo te chingue el chalet chic
por chabola chinchanrrera en chabuco de chabisque chivetero.
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