miércoles, 20 de julio de 2011

CARRUSEL FESTIVO


RONDA INFORMATIVA... ¡¡¡Nos vamos al Costa de Vietnam!!!

Playas de Hoi An 3 - Mui Né Beach CF 1

El Playas de Hoi An ha vapuleado al Mui Né Beach CF. 

El Playas de Hoi An, plagado de canteranos, ha dominado casi completamente este bello y trepidante derbi  costero perteneciente a la División Centro de la Liga de Gandules de Vietnam. Su juego alegre, intenso y original ha sido un torbellino del que el Mui Né CF, cargado de estrellas internacionales y todo tipo de lujos, no ha sabido protegerse.  

Se adelantó en el marcador el Mui Né Beach con un golazo de Duna. El gol no dio tranquilidad al equipo de Phan Tiet; al contrario, perdió su identidad, cometió numerosas indecisiones y apostó por un juego muy conservador. Nada más marcar el tanto, el técnico decidió cambiar su estilo de juego, se metió atrás e hizo algunos cambios (sacó del terreno a Playa  y a los canteranos, y metió a Rocas y a sus costosos jugadores internacionales). 

Aquí pueden observar la belleza del tanto de Dunas:


El cambio de actitud en el combinado de Mui Né hizo que el partido cambiara rápidamente tras el primer gol. El Playas de Hoi An, sin variar su filosofía, apostando por la chavalería de la casa, no se vino abajo con el tanto encajado y consiguió dominar el partido de cabo a rabo. Con jugadas elaboradas de largas posesiones y haciendo un uso estupendo de su tiki-taka local, empezó a disponer de numerosas ocasiones de gol. La defensa del Mui Né CF, con dos centrales lentos y cansados (Resort y Karaoke), empezó a perder la posición y a verse desbordada en todo momento por los jóvenes atacantes del Playas de Hoi An, especialmente por Tomacosta y Arrocete.

Justo antes del descanso Tomacosta empató el partido. Tras un gran pase de Historinho, que luego marcaría el tercero de los goles, se quedó solo ante la portería rival y batió al portero de un raso y cruzado disparo.


Recién comenzado el segundo tiempo, Arrocete sorprendió a todos con una lenta pero exquisita jugada, que dejó a todo el público con la boca abierta. Recordó a aquellos grandes momentos del gran Xabi Prieto.



Y justo antes del pitido final, Historinho cabeceó con precisión un medido centro de Indochino, estableciendo así el 3 -1 definitvo.


Ahora mismo acaba de terminar el partido de Champions entre el Cuevas de Chian Dao (Tailandia) y el Phan Nha Cave (Vietnam). El resultado ha sido Chian Dao 0 - Phan Nha Cave 5. Manita que en la siguiente ronda informativa trataremos con más detalle.



Para esta noche y mañana quedan el Tren Nocturno entre Dong Hoi y Hanoi y el reencuentro con nuestros colegas melillenses-malaguitas Fran y Raquel.
¡Aupa Real!

lunes, 11 de julio de 2011

¡Marchando una de Vietnam!


Desde Mui Ne (Vietnam),

hoy no escribiré mucho; los días de playa relajan en extremo. Se agradecen enormemente después de haber estado tres días en la frenética Saigón -Ho Chi Minh City para los funcionarios del gobierno, policías y militares; para el resto de los ciudadanos, Saigón-. Fueron tres días sin parar de caminar por sus calles, sorteando motos, soportando pitidos continuos y bebiendo batidos de aguacate con hielo picado y leche condensada. Para evitar tanto ajetreo y ruido, nos refugíamos en un par de museos -el War Remnants Museum y el History Museum-. El primero revuelve el estómago, el segundo es bastante ilustrativo, aunque si me dicen de volver mañana, le dan por el ojal. También nos dimos una vuelta por las pagodas y mercados del barrio chino, y nos sentamos en la sombría terraza de una cafetería siguiendo el ejemplo vietnamita: echarse una partida refrescándose con un té con hielo -aquí son unos enamorados de un juego parecido a las damas, juegan a todas horas y por todas partes, los puedes ver en cualquier acera, en las teterías y cafeterías, mientras descansan para comer-. Incluso tuvimos tiempo de testear la birra vietnamita en cantidades amables y padecer una resaca bastante desagradable de regalo.

Saigón es un terremoto continuo, pocos caminan, hay motos, coches, camiones y carritos de cominda por doquier, nadie para de usar el claxon, nadie frena, por todos lados escuchas: do you want motorbike, sir?. Da igual que cojas tus auriculares y petes la música hasta el máximo volumén, seguirás oyendo los pitidos y el zumbar de los motoracos humeantes de autubuses y camiones.

Lo fascinante es encontrar gente que, dentro de tal onda vital cargada de energía, consigue relajarse y echarse una cabezadita. Como por ejemplo, el segurata de una agencia de viajes que, de tanto controlar al personal, no aguanta más tanta tensión, pierde la concentración levemente y sueña como un trapillo en una silla de la clase de parvulitos, con las manos juntitas en la entrepierna.



O como los incansables mototaxis, los que el 99% de las veces te saludan con el do you need motorbike?, los que por el día te transportan y por las noches venden fumables especias que te teletransportan. Hasta ellos encuentran su momento para desconectar, para abstraerse del estruendo y quedarse tiesos; ya sea junto a la moto, recostado en una silla de plástico con los pies apoyados en un arbolito urbano, con el cuello roto y con la boca bien abierta para que no se escape nada de humo; o con los pies o la cabeza sobre el manillar, sacándole partido al desproporcionado sillón de la scooter; o simplemente, pegarse una inocente microsiesta sentado en su Suzuki, con la cabeza entre las piernas y el cigarro apagado en vertical entre los dedos, con una ceniza cual Torre Gemela de unos 5 centímetros.









Hay otros que, debido a la mayor dureza de su jornada laboral, gozan de más amplias y acondicionadas instalaciones para sestear: un sillón más anchote, un apoyapies que convierte el sillón en cama, y una umbría y refrescante esquina-jardín, limpia y sin tanto gentío.




A todos ellos los queremos incluir en nuestra sección de personajes destacados, por su naturalidad y desparpajo. Por desgracia sólo uno puede recoger el premio. Hemos decidido que lo recoja el único que me pillo haciéndole la foto... ya atardecía y el cabrón del flash de la cámara saltó sorprendiendo a diestro y siniestro. El buen hombre despertó asustadillo, pero con una simpática cara de sobado pasiego y con una graciosa exclamación en vietnamita. Le leí en sus amables ojos lo que me dijo entre risas, fue una especie de ¡eeey... qué cabroncete estás hecho, me acababa de sobar!.   

Aunque veamos que conciliar trabajo y comodidad no es sólo para los que tienen un futbolín en la oficina, seguimos pensando que se está mucho mejor de vacaciones.


"It's always better on holiday, so much better on holiday, that's why we only work when we need the money"
                                                                                               Franz Ferdinand

martes, 5 de julio de 2011

Navengando las turbias aguas del Delta del Mekong

Queridos y queridas,

me congratula informaros de que ya estamos en Vietnam. Entramos hace cuatro días. Nos costó algo más de dos horas recorrer los 40 kilómetros que nos separaban de la frontera, llegamos en tuk tuk desde Camboya, sellamos nuestros pasaportes, volvimos a tener un breve diálogo futbolero con un policía fronterizo y cogimos unas mototaxis para adentrarnos en el país de Ho Chi Minh. Ahora mismo estamos en un pequeño y acogedor pueblo llamado Ben Tre, en un hotelillo frente a un lago y en una austera y recién pintada habitación con lígeros aromas a moho. 

Nos costó algo más de 6 horas llegar a este pueblo desde Ha Tien, el primer pueblo vietnamita que visitamos y que estaba pegado a la costa. Su playa era de arena oscura y escasa, pero sus cangrejos eran sabrosos y carnosos. El trayecto en autobús, atravesando el Mekong y su delta, fue largo y con vistas de todo tipo: verdes campos de arroz, abarrotadas calles de pueblos y ciudades, y puentes flotantes en los que las motos y los autobuses luchaban por hacerse hueco. Tampoco estuvo mal el aspecto acústico del viaje. El conductor de nuestro autobús no dejó de pitar ni un solo segundo, consiguiendo con ello que fuera más destacable el silencio que el pitido. 

Aquí, en el sur Vietnam, y aunque estemos muy cerca del vecino Camboya, ya se notan algunas diferencias; el ritmo ha subido, no se ven carteles en inglés, la gente habla más alto y el espíritu chino empieza a estar más presente. La hoz y el martillo, junto a la bandera vietnamita, decoran las esquinas, las escuelas, los bancos y cada uno de los mástiles en las rotondas. Ho Chi Minh está por todas partes y los guiris se cuentan con dos dedos. Las dificultades en la comunicación se incrementan. Estamos tirando de nuestro diminuto diccionario Inglés-Vietnamita para hacernos entender, pero lo único que conseguimos es que se descojonen de nosotros en nuestra cara. De momento somos capaces de decir 'hola, gracias, adiós, ¿cuánto cuesta? y muy caro' con 100% de efectividad, el resto de las palabras provocan gestos de sorpresa, fruncimientos exagerados y multitud de sonidos tipo 'oooh, uuuh'.

La comida por estos lares es de momento exquisita. El primer día pudimos disfrutar de una sabrosa cena a base de verdura y fruta (algas, pepino, hierbabuena, piña y algunos otros hierbajos desconocidos para nosotros -que por cierto se asemejan bastante a las malas hierbas que crecían en nuestro jardín malagueño-), junto con unos pinchitos de ternera, fideos, rollitos de gambas y té helado. Nos pegamos un hinchón del carajo y su precio no llegó a cuatro doláres.

Ayer tuvimos un día muy completo. Por la mañana investigamos el pueblo y sus alrededores. Sufrimos el calor en un ambientado mercado, con numerosos puestos de frutas, de verduras, de pescado, de serpientes, de enérgicas ranas saltarinas sin un pelo de tontas -fijaros bien la foto de la izquierda- y de sombreros cónicos tradicionales. Isabel ya se tapa del sol con uno de ellos, lo que provoca bastantes roturas de cuello entre los lugareños. 

Por la tarde nos dimos un paseo en una barca por el delta del Mekong. Estuvimos cuatro horas, hasta el atardecer. Vimos cargueros gigantes, nos metimos por estrechos canales, entre cocoteros y árboles frutales, y contemplamos la vida en los islotes. Los principales ríos que forma el Mekong en su última etapa antes de llegar al mar son asombrosamente anchos y caudalosos. Es un mar de aguas marrones ricas en hierro.

En uno de los islotes tuvimos la oportunidad de ver cómo viven. Como llegamos a última hora de la tarde, ya habían termiando su jornada laboral y habían empezado la jarana. Dos de ellos estaban dedicados en cuerpo y alma al licor de arroz, y como por aquí dar agradables bienvenidas es  muy común, tuvimos que unirnos al ritual etílico. Compartimos chupitos, mangos y mazorcas de maíz con nuestro guía y con dos vietnamitas excombatientes de la que aquí llaman Guerra de Camboya (1975-1987). 

Tras acabar la Guerra del Vietnam -que por cierto aquí llaman American War-, camboyanos y vietnamitas lucharon por las prolíficas tierras del Mekong, consiguiendo con ello lo que consiguen todas las guerras: destrucción, muerte y fracaso. Uno de los señores había estado 10 años en combate, en tierras camboyanas, en las tropas de infantería del ejército vietnamita. Tenía el cuerpo lleno de cicatrices. Una de ellas era especialmente impactante; un balazo le había rozado y le había reventado tres costillas, dejando una señal de tres pares de bemoles en el costado. También tenía el estómago abierto en canal y sus piernas estaban llenas de marcas. Aun así, se bebía los chupitos sin el menor problema. El otro, que había luchado en artillería durante 5 años, había tenido más suerte y no había sido herido. En la foto podéis ver la situación: el de la camiseta oscura era el que había salido peor parado, el de la camisa , nuestro guía, y el que iba sin camiseta era el artillero.



Algo había leído acerca de la guerra entre vietnamitas y camboyanos, pero nunca me hubiera imagiando que me iba a encontrar al tercer día con dos exmilitares vietnamitas. Para colmo llegué allí llevando un gorro que me compré en Camboya y que tenía un banderón con la palabra CAMBODIA escrita en el frontal. Para relajar la tensión de la conversación, me quité el gorro y les dije que a ellos no les gustaría mucho mi gorro, por eso de llevar los colores camboyanos. El guía le tradujo lo que había dicho, y para mi sorpresa, el herido agarró el gorro, miró la bandera con detenimiento y su cara se tornó en felicidad. Había estado diez años batallando en tierras camboyanas, cumpliendo las órdenes de los mandos vietnamitas, pretendiendo matar camboyanos y evitando no ser asesinado por ellos, y aun así se confesaba amante de Camboya.  Agarró el gorro y se lo puso orgulloso. Me preguntó que si sabía hablar khmer, estaba deseoso de volver a practicarlo. Le dije que no, que sólo sabía decir las cuatro cosas básicas que se aprenden para viajar. No le importó mucho mi respuesta y me soltó alguna frase en camboyano. Irradiaba felicidad con el gorro puesto, contento de tener la bandera camboyana sobre la frente. Me quedé bastante sorprendido y empecé a investigar el porqué. 

El guía nos comentó como gran parte de los vietnamitas, independientemente de si fueron o no fueron militares en la guerra, recelan de la libertad existente ahora mismo en Camboya. Me dijo literalmente que en el Vietnam de ahora hay sólo un camino, el que dicta el Partido Comunista; todo está muy bien, y si dices lo contrario -dijo llevándose el pulgar de lado a lado del cuello-, desapareces. En Vietnam no hay la pobreza que hay en Camboya, pero no hay libertad alguna. Por eso, el exmilitar cogió el gorro del que fue su enemigo durante una década con tanto entusiasmo; daba la impresión de que le hubiera encantado quedarse en Camboya, aunque fuera luchando. 

Debe ser dificilísimo elegir entre esclavitud o pobreza, éstos tenían toda la pinta de quedarse con la libertad camboyana, por mucha pobreza que pudieran tener. Ser libre y pobre es mejor que no poder hablar o expresar tus ideas libremente. Antes de que el guía me dijera todo esto le había preguntado si era feliz en Vietnam, y me había contestado: ¿por qué preguntas eso? No se fían de nadie; el partido tiene ojos y oídos por todas partes y hay que estar atento si quieres seguir con vida.

PD: Justo antes de volver a montarnos en la barca, el exmilitar herido seguía maravillado con el gorro. No estaba seguro de si se lo había prestado para que lo viera o de si se lo había regalado.

Volví al pueblo sin el gorro, contemplando el atardecer en el Mekong y con la cara de satisfacción  y felicidad del señor metida en la cabeza.
  


Os informamos de que en Vietnam no se puede acceder a facebook  por lo que estaréis un mes sin Iza Bella ni Maouaddict. Si algún hacker se presta a enviarnos alguna forma útil de evitar la prohibición, le estaremos muy agradecidos.

miércoles, 29 de junio de 2011

Pegados a la playa

Llevamos seis días de relajación absoluta en Sihanoukville, un acogedor pueblo de playas de arena blanca al sur de Camboya. Llegamos aquí desde Phnom Penh, capital de país, tras unas cinco horas de autobús. Huímos rápidamente de su incesante e incómodo ajetreo. Sólo estuvimos dos noches. Caminar por sus calles era una tortura continua. Los coches aparcan sobre las aceras, por lo que tienes que caminar por plena calle lidiando con motos, tuk tuks, carritos de comida y variopintos comercios. Para cruzar, debes andar con mil ojos, pero manteniendo el ritmo y la dirección, sin parar de caminar. Todos van y vienen sin control alguno, pero despacísimo. Como nadie conduce a gran velocidad, la mayoría de los movimientos se pueden prever fácilmente. Las señales de prohíbido se las pasan por el forro. La circulación en dirección contraria es normal, nadie se preocupa, ni siquiera los policías. Los desgastados pasos de cebra están de adorno, los pocos semáforos que hay, o bien están apagados, o bien se los saltan sin ponerse colorados. Aun así, dentro del caos, se encuentra una especie de desorden ordenado que hace que todo el mundo siga su camino sin frenazos ni mosqueos.

Los primeros momentos en la capital fueron acojonantes -no divertidos, aquí acojonantes quiere decir que me cagué del susto-. Llegamos atardeciendo, nos enganchó un tuk-tuk y tiramos para la pensión. Cuando la recepcionista me pidió el pasaporte, me acordé repentinamente de que no lo tenía conmigo. De repente me percaté: lo había dejado como depósito para el alquiler de la moto en Battambang y se me olvidó pedirlo cuando la devolvimos. Así que me acojoné. Mi pasaporte estaba a cientos de kilómetros. Emití un par de interjecciones y pensé que me iba a tocar volver a buscarlo, que lo iba a perder, que ¡me cago en todo porque en Camboya no hay embajada española para pedir otro!, que seguro que con el desorden y el caos que impera me lo pierden, que tal y tal... La recepcionista hablaba buen inglés -menos mal-, me entendió sin problemas, llamó al hotelillo de Battambang y acordamos que me lo enviarían al día siguiente en un autobús. Llegaría a las dos.

Cuando salimos de la pensión a la mañana siguiente, nos recibió un calorazo pegajoso, con polvo y olor a humo. La misma actividad, el mismo ajetreo, el pitar continuo de los coches. Metidos en tal movida conseguimos desayunar, visitar un par de mercados, tostarnos por las calles y llegar puntuales al esperado reencuentro con mi pasaporte.

Varios minutos de falta de comunicación sucedieron.

- Susrei (Hello), Ey, has the bus from Battambang arrived? -le pregunto.
- You want ticket Battambang? 
- No, no. I don't want ticket to Battambang, I want to know if the bus coming from Battambang, arriving at two, has arrived? 
- Je je je -. La tía se empieza a descojonar y se pone a buscar al compañero que habla inglés. 

Mientras tanto, un amable señor me dice con seguridad:

- Hello, what you need?
- Ey look, I am waiting for my passport. It is coming from Battambang. The recepcionist in my guest house told me that it will be here at two. I left it in Battambang... ok? And it's been sent here to Phnom Penh. Can you ask them if the bus has arrived, please? -todo esto con mímica incluida. 
- Ahhhh, ok ok no problem... talk to that man in there.

Fenómeno. Me adentro algo más en el bullicioso local que hace las bases de parada de autobuses, echo un ojo alrededor y veo todo lleno de cajas grandes y de bolsones a reventar.

- Ey, I am waiting for my passport, it's coming at two from Battambang.
- Je je je -. Otro que se empieza a deshuevar y avisa a otro currela que sí hablaba inglés.  

Llega otro chaval, le vuelvo a contar la película, mira el reloj y dice.

- Oh, sir, you can wait here, ok? You have telephone number? 
- Yes, this is the number.

Le enseñé el papelito de la pensión, me lo cogió y comprobó si el número coincidía con los de su lista de envíos.

- Not here yet. You come later. The bus is not arrive at two. Arrive four. You come four oclock here –me comenta el delgadillo y encamisado camboyano.
- Ok, at four I will be here... The bus arrives at four, right? From Battambang? My passport here no problem?
- Yes, yes, no problem... come at four.

Saliendo de la improvisada oficinilla, vuelvo a ver el tamaño de la mayoría de las cosas que se enviaban, todo era gigante... y mi pasaporte tan pequeño.

Eran las dos y cuarto. ¿Qué hacemos?

Aprovechamos esas dos horillas para visitar el S-21, el más grande y atroz de los centros de tortura y asesinato del Khmer Rojo. Es un colegio que los militares utilizaron como prisión, matadero y punto intermedio entre la vida y la muerte. Entre 1975 y 1979 se cargaron allí a 20.000 personas en las aulas o en el patio de la escuela. Otras eran enviadas a los campos o las cuevas de la muerte para ser asesinadas vilmente. Se puede ver tal y como lo dejaron. Hay muchas fotos de los prisioneros, muchos datos bibliográficos de los tiranos y declaraciones de algunos supervivientes. Las aulas todavía mantienen las camas oxidadas con los grilletes sobre los carcomidos somiéres. Sobre las paredes, en algunas clases, hay una foto escalofriante de alguna persona que murió en esa misma habitación y en esa misma cama. En una de las clases se pueden ver cráneos con agujeros de tiros. Se palpa la malicia, el miedo y el sufrimiento. En el patio del colegio están las tumbas de los últimos 14 asesinados. Los vietnamitas consiguieron echar a los militares a principios del 79. Huyeron hacia Tailandia y sobrevivieron como guerrilleros. Ahora los están juzgando en Phnom Penh.

Nos tiramos allí dentro una hora y media. Salimos con un mal cuerpo de mil demonios.

A las cuatro estábamos de vuelta en el localillo de la compañía de autobuses. No había tanto movimiento como a las dos.

- Ohhh hello sir... -me dice el mismo palillo de antes-. Bus from Battambang has problem... no here till six or seven.
- What problem?... Serious? Six or seven? 
- Bus from Battambang has problem . You come at six or seven ok?

Pues ok... qué le iba decir. La negatividad me comía. No sé que porqué presentía que el pasaporte no llegaría a mis manos. Desaparecería en el camino -si es que estaba de camino-, se perdería entre tanta caja gigante, habría sido enviado a otra ciudad...

Otras dos horas de espera. A comer. De nuevo la locura, el trajín, el 'cuidado con la moto', el 'tuk-tuk, sir?'. Compramos unos rollitos callejeros, unas cocacolas, algo más de fritanga y unas pastitas. Sobre las seis estábamos como un clavo de nuevo en el local. Esperamos un ratito y llegó el autobús. Esperamos otro ratillo y llegó el chavalito con el pasaporte en la mano. “¡Vamosss!” Nos fuimos para el hostal y nos comimos un bocadillo rico rico de merienda.

24 horas después ya estábamos en la playa. Seis días más tarde seguimos en la playa. Hemos tenido un tiempo estupendo; ni lluvias, ni tormentas... sol abrasivo Nos pegamos el primer día de reconocimiento, el segundo a base de marisco, de birra fresquita y de chapuzones con olas. El tercero alquilamos unas bicis y nos pegamos un baño en cada una de las cinco playas que hay en la zona. En la que más nos gustó nos echamos la siesta; nos tumbamos por la patilla en las tumbonas de un hotelazo y nos quedamos tiesos bajo la sombra de los pinos. El cuarto día era el cumpleaños de Isi, y para celebralo nos pegamos el día visitando las islas de los alrededores, viendo pececitos con las gafas y el tubo, comiendo pescaito, bebiendo birra y chupitos de tequila, pillándonos una buena cogorza con otros tres gandules que conocimos el día anterior. Hubo incluso baile femenino sobre la barra del garito, despelo[ piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii ].

Ayer resaca y noodles.

Mañana nos vamos a Kep, a 50 km al oeste de Vietnam. El día 2 de julio cruzamos la frontera. 

PD: Ya cargaremos fotos de estos días cuando encontremos una conexión sin reuma Hablando de fotos, Isabel ha sido la ganadora del CONCURSO FOTOGRÁFICO con su Bon Apettite...  muchas felicidades  para ella y muchas gracias a todos por participar... habrá más.  

martes, 21 de junio de 2011

Bienestar

22:30. Estaban recostados en los básicos sofás de un restaurante nocturno de Battambang, uno de esos que pretende inspirar modernidad y buenos modales: tenue y acogedor, de colores cálidos y escuálidos camareros.  Estaban dando un final bastante decente a un día muy completo. Habían estado visitando la provincia de Battambang desde las 9:00 de la mañana, pilotando una Honda Dream (scooter todoterreno de las que aguantan mil y una batallas). Habían conducido entre arrozales, mangos y cocoteros; ríos y charcos color arcilla; familias con muchos críos; bicis y más motillos. Habían visto un tren de bambú, visitado un templo del siglo X, comido tallarines en una mesa callejera y subido numerosas escaleras para contemplar el verde horizonte... incluso se habían echado un partida de petanca con un grupo de camboyanos. Se habían topado con monos, cerdos enjaulados y valientes policias, como el de la foto superior. En el camino de regreso, y durante un "rato de nada", condujeron en dirección completamente opuesta -bien tránquilitos, por cierto-; gracias a ello tuvieron la oportunidad de parar en un puesto de carretera, que vendía gasolina y frutas, a  saborear un puntiguado fruto de gusto similar a la chirimoya. Tras preguntar al tendero dónde coño estaba Battambang, se convencieron de lo que ya se venían temiendo: algo raro pasaba con la ruta a seguir. Se habían tirado todo el "ratillo de nada", que exactamente había durado 1 hora y 30 minutazos, comentando boberías, como por ejemplo: "sí, sí, esto me suena"; "ya no debe quedar mucho"; "mira, una fábrica... eso es que ya estamos al lado"; "joder, ¿pero no estábamos a 14 kilómetros, como es que llevamos una hora?"; "eso es porque vamos todo el camino a 40"... Ya de vuelta al hostal, un arco iris doble les perfiló el camino a la cena.

Tras finiquitarse la birra, se escuchó: - Joder... con la de gente feliz que hemos visto hoy, y durante los últimos cuatro meses, todos con una gigantesca sonrisa en la cara; con la de niños contentos que se ven pedaleando de vuelta a casa enfundados en su uniforme escolar, o recogiendo botellas de plástico; con la de alegres currelas que nos han saludado y hemos conocido. Joder, la mayoría de esta gente no tiene la palabra vacaciones en su idioma, viven en modestísimas casas de madera, curran a diario y a destajo, sin importar la edad o el sexo, no tienen lujos ni caprichos, y aun así están tan felices... Creo que estoy  perdiendo el rumbo con el famoso "estado de bienestar occidental".   



jueves, 16 de junio de 2011

MOVIMIENTO ECSTÁTICO 2.0



En el suelo de mi habitación, y mientras a través de la ventana contemplo un perfecto atardecer anarajando de fondo, escribo estas palabras tras haber invertido algo de mi tiempo en el 'paint'. Sí, sí, en el 'paint'... llevaba tiempo sin adentrarme en las profundidades de este mítico programa informático. Me he acordado de las clases de Diseño Por Ordenador del instituto en las que aprovechábamos para chapucear las escasas tareas que nos mandaba la profesora más erótica del centro y para perfeccionar el diseño de gilipolleces de todo tipo. Me vienen a la cabeza un par de obras maestras de contenido evidente: un falo humano escaneado y un escudo del equipo de baloncesto de la liga escolar con un par de huevos y un palo colgando entre las piernas.

¡Qué maravilla de programa! Gracias a él vais a poder saber dónde estamos siempre que echéis un ojo al blog. A vuestra derecha tenéis el Gepe ese: una imagen del mapa del Sudeste Asiático con nuestro recorrido en rojo.

No hemos hecho gran cosa. Las líneas rojas escasean. El tiempo pasa fugaz y los kilómetros sosegádamente. Teníamos la sensación de haber visto numerosos lugares en estos tres meses, pero cuando hemos visto la imagen desde lo alto, nos hemos dado cuenta de lo mucho que todavía nos queda por viajar. Esto acaba de empezar y por suerte tenemos las baterías recien cargadas.

Conseguir llenar el mapa de rojo, sin que ello suponga que el rojo aparezca en la cuenta bancaria, sigue siendo nuestra meta y principal ilusión.

Ayer se nos acabaron los días de movimiento estático: fue la última jornada de trabajo en la escuela de Siem Reap. Llegó el momento de recoger lo plantado y de volar... de volar al bar. No habían transcurrido ni 15 minutos desde que abandonamos la escuela y ya nos habíamos ventilado un par de jarras de cerveza, acompañados por dos compañeros del cole en una terracita con toldos amarillos, acristaladas mesas redondas, cómodas sillas de mimbre y segurata de rigor. Cayeron cuatro jarras más con un tormentón repentino de telón de fondo. Unas cuantas cañas aisladas, tres por cabeza para ser más exactos, llegarían durante la merienda-cena. Un par de pizzas, de las que aquí llaman Happy Pizzas y que no aparecen en el menú del Ecstatic Pizza, nos sirvieron de alimento y de entretenimiento. Quizá pedimos alguna que otra caña aislada más... ¡mmm! Las Happy Herbs, que se escondían inocentemente entre la masa de la pizza y la base de tomate, nos agarraron la comisura de los labios y tiraban de ellas con fuerza hacia las orejas; las carcajadas y las lágrimas de la risa estuvieron con nosotros durante un par de maravillosas horas. Ya entrada la noche, llegaría la hora del postre callejero. Un par de chavalitas, en una moto con un puesto de comida en el sidecar, nos preparon cuatro reconfortantes pancakes de plátano con chocolate. Tiernos y calentitos. Recuperamos la energía perdida y nos sentimos plenos, cual Tony Rominger, para coger nuestros bicicletones y volver a casa tranquilamente, disfrutando de la luna llena escondida entre las nubes.

Esta grandiosa y desternillante despedida laboral da paso de nuevo a los días ambulantes a base de mochila, tallarines, autobusés y barcos. Camboya, desde su interior hasta su costa; y Vietnam, desde el Mekong hasta Hanoi, son los trayectos venideros.

Bye Bye, Ecstatic!

***

PD: Si todavía no habéis participado en el CONCURSO FOTOGRÁFICO, hacedlo ya mismo... os quedan 10 días.

viernes, 10 de junio de 2011

Nota informativa

Queridos lectores,

la vida del viajero es imprevisible. Tras tres meses con la mochila a cuestas, con tres países a nuestras espaldas, y tras llevar varias semanas dándole vueltas, los gandules hemos decidido que vamos a... si pensáis que vais a leer la palabra 'volver' estáis muy desorientados... hemos decidido que vamos a juntar cuatro de nuestras fotos y las vamos a exponer para que votéis por la que más os guste. Con esto nos ayudaréis a resolver ciertos piques artísticos que empiezan a florecer en nuestra reducida comunidad.

No desvelaremos quién tomó cada una de las fotografías hasta que se den por finalizadas las votaciones. Es un concurso fotográfico, no uno para descubrir quién tiene más amigos.

El cuestionario lo tenéis aquí, a la derecha de estas palabras, bajo el título de CONCURSO FOTOGRÁFICO. Estará en funcionamiento hasta el próximo 10 de julio.

***

Aparte de este concurso, no tenemos mucho más que ofreceros. Llevamos ya un mes y casi dos semanas en Siem Reap (Camboya), y como pasa siempre al vivir durante cierto tiempo en el mismo sitio, el lugar que hace 6 semanas era una primicia, se empieza a parecer al pueblo donde creciste, o a la última ciudad donde viviste. Evidentemente, Siem Reap no es como Málaga, pero tiene infinidad de cosas en común. Por ejemplo, es una ciudad extremadamente turística, y calurosa, el precio de la comida y de la bebida es relativamente asequible, las motos abundan en las calles, e incluso se ven especímenes que salen en pijama y babuchas a comprar el pan.

A estas alturas la novedad se diluye y empieza a germinar la semilla de la rutina. El ver las mismas caras al salir de casa, el cruzarte con las mismas personas de camino al curro, el aparcar tu bici al lado de la misma bici, e infinidad de diminutas acciones cotidianas, hacen que puedas encender el botón de ON y dejarte llevar sin problema alguno... y sinceramente, eso no nos enrolla; así que ya hemos empezado a fantasear con cuál será nuestro próximo destino. Tenemos la baraja abierta a varias posibilidades, todas ellas atractivas, todas una maravilla, pero no tenemos claro cuál elegir.

No sabemos si tirar hacia Vietnam y disfrutar de su costa empapándonos de su reciente historia. O si adentrarnos en las gigantescas cuevas de Laos con una baguette calentita tras chapucear en las turbias aguas del Mekong. O quizá ir a Malasia o a Indonesia y rascarnos la nariz en alguna playa paradisiaca después de una jornada de submarinismo entre pececitos y pecezotes. No lo tenemos claro, pero vamos... bendita indecisión.

Aún nos quedan quice días para decidir, quince días para cambiar de planes muchas veces.
Os iremos informando de nuestro próximo destino cuando hayamos resuelto nuestras indecisiones.

***

Y ahora sí, sin más demora, os mostramos las fotos para que votéis.








A. Bon Appétite




  







 B. Cielo cielito cielo














C. Choza en el Lago





D. La Familia








Votad, gandules, votad.