Vuelo plácido; ni meneos ni estrecheces. Air Asia, la compañía aérea de bajo coste que opera a este lado del mundo, es un lujazo en comparación con las europeas RyanAir-le-echo-cinco-eurillos-al-depósito-y-hago-un-Londres-San-Petersburgo-sin-ningún-reparo o Easy-Jet-tengo-asientos-diminutos-más-duros-que-en-los-coches-de-choque-de-la-feria-de-Utrera.
Salimos de Vientiane (Laos) cuando ya aterdecía, así que cuando estábamos intentando encontrar una pensión decente en Kuala Lumpur (Malasia) ya era noche profunda y por las calles sólo deambualaba lo mejor de cada portal. Acabamos en el zulo de un hostal cutre y maloliente. Tenue, sórdido y de mala muerte. Le queremos dar las gracias a los dos personajes (una yanki y un turco) que nos lo recomendaron por su pulcritud y tranquilidad. ¡Hay gente para todo! Único punto a favor, su localización: en el centro a pocos kilómetros de lo más interesante de la megaciudad.
La mañana del segundo día la perdimos comprando el billete que nos llevará mañana a la jungla tropical más antigua del mundo. Conservada intacta desde hace 130 millones de años, Taman Negara, debe ser un criadero tremendo de vida salvaje y arbórea. Aparentemente podremos ver serpientes, elefantes, jabalíes, leopardos… ya os haremos el resumen, quizá no veamos un mojón, quizá veamos muchos... ojalá que así sea. Por la tarde paseamos por la ciudad, como acostumbramos a hacer, sin rumbo fijo, vimos edificios coloniales, barrios indios animados por música atronadora y caldeados por sus empanadas de pollo al curry y por el humo de los autobuses úrbanos. Nos adentramos en el aseado mercado central. No tienen olores ni colores especiales. Huele a billetes y monedas y está perfectamente decorado. Echamos de menos el pescado sin hielo, la carne atizada con varas de bambú con moscas huidizas revoloteando al acecho, los mangos con agujeritos y las dependientes parlanchinas, el agua oscura resbalando por nuestras chanclas... Le falta carisma, ya no tiene la esencia pura de los mercados de Camboya, ni el reñido regateo de los vietnamitas, ni la gracia ni el calor de los laosianos. Precioso en el exterior, precioso en el interior, pero carente de diversión.
De vuelta a nuestro barrio chino vimos una de las zonas de marcha de la movida nocturna. Benidorm a lo moderno, el Torroles del futuro, los precios a la altura del nonagésimo piso de las Petronas, nuestros gaznates secos secos.
Y hoy para terminar nuestra primera visita a Kuala Lumpur, nos hemos tirado todo el día en el Parque del Lago y en sus alrededores. Un poco de deporte, unos cuantos animalitos enjaulados, con las piernas más finas que las de Kate Moss, visita al interior de la Mezquita Nacional, en la que nos hemos vestido de Jedi para ocultar nuestras piernas, brazos, e incluso cabeza -esto sólo para nuestra Isabel querida-, y en donde hemos conocido a un pseudo imán con el que hemos conversado acerca de las bondades del islam. Era de dialogar amable y plácido. Nos ha dicho lo maravilloso que es ser musulmán, “el Corán es la verdad”, ha dicho con la boca bien llena. Nos ha informado que para el islam todos somos iguales, todos respetables, queridos por Alá, sin importar ni color, ni edad, ni país de origen, “rezamos hombro con hombro para que no se cuele el demonio entre medias, da igual de dónde vengas ni cómo seas... entras a rezar, saludas con el salamelecom y eres bienvenido”. Cuando ha llegado el momento de despedirnos le he dado la mano y las gracias. Cuando Isa iba a hacer lo mismo ha dicho: “no, lo siento, a tí, mujer, no te puedo tocar”. “El Corán es la verdad”. Otra religión que se contradice. Todos somos iguales ante Alá, mis cojones... ni eso, que uno me cuelga más que otro.
Mañana toca expedición al pasado, retrocedemos 130 millones de años para adentrarnos en la jungla tropical. Después nos iremos una semana a relajarnos de tanto estrés a una de las islas malayas.
Hasta la vista, holgazanes.
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