sábado, 30 de julio de 2011

Una de piratas

Llevamos tiempo sin informar de nuestras andanzas y ya es hora de que os enteréis de cómo va el tema por aquí. El estar acompañados de Fran y Raquel, nuestros queridos malaguitas,  nos quita tiempo para escribir y nos lo da para hincharnos a birras y a comida callejera. Con ellos hemos recorrido las callejuelas de la capital, hemos navegado por la bahía de Halong y paseamos por los verdes valles de Sapa. Allí nos separamos de nuevo; ellos dirección sur y nosotros dirección oeste.



Hanoi, al igual que Saigón, es una ciudad con tráfico intenso, de ruidosas calles abarrotadas de vehículos y de gente. Al igual que en las ciudades grandes, la mayoría de sus habitantes son ariscos y maleducados, sobre todo aquellos que han de bregarse con el turismo a diario. Son duros de cojones, aunque afortunadamente siempre encuentras excepciones que te hacen ver algo de claridad al final del túnel. No entendemos muy bien cómo puede cambiar tanto el carácter de los vietnamitas respecto a camboyanos, tailandeses o birmanos. Aquí las sonrisas escasean y los malos gestos abundan. Las chapuzas están a la orden del día y no te hace falta estar mucho tiempo para darte cuenta de ello.


Menos mal que los paisajes, las playas y las montañas del país son un pasote; aunque en nuestra opinión, un país no lo hacen sus vistas, sino sus ciudadanos. Son muchísimos los turistas con los que hemos coincidido que nos han dicho que “esta es la primera y la ultima vez que visitaré este país”. Quizá sea el hecho de que su sistema educativo es mucho más débil en comparación a los países de la zona, o que han tenido una historia muy dura, plagada de invasiones y guerras, o que al estar tan reprimidos y acojonados por su tirano gobierno, intentan desquitarse con los turistas del miedo y los problemas del día a día. Aquí el turismo no se cuida, aquí el viajero se encuentra con numerosas dificultades para moverse. No se le respeta en absoluto. Por poner algún ejemplo que hemos vivido en nuestras propias carnes: taquilla de una estación de tren, por fin consigues llegar a hablar con la persona tras el mostrador, no llevas más de diez segundos intentando explicarle adónde quieres ir cuando una tipa te pega levemente con el codo, mete la cabeza en el boquete de la cristalera y empieza a pedir su billete. La currante de la estación, en lugar de decirle que espere su turno porque estaba atendiendo a otro cliente, le da su billete y se olvida de ti. Cuando te quieres dar cuenta tienes a cuatro vietnamitas delante de ti y a la currela sin hacerte ni puto caso –esto nos ha pasado las tres veces que hemos pillado el tren-. Otro ejemplo, te subes a un autobús y el conductor te mete prisa para que subas, no porque vayas lento sino porque es un amargado que te cagas. Tú vas lo más rápido que puedes, intentando ser lo más agradable posible, pero aun así te llevas un empujón por parte del ayudante del conductor de autobuses, que con malísimas maneras, y con el autobús ya en movimiento, te dice dónde está tu asiento y se va echando pestes mientras el resto de vietnamitas se descojona de ti.


Estos ejemplillos sirven para mostrar la norma general del civismo vietnamita. Como he dicho antes siempre hay excepciones y encuentras personas bellas y honradas. Puede que no lleguen a sumar cinco en total las que nosotros hemos tenido el placer de conocer. Comparando estos datos con la cantidad de buenazos que habíamos conocido en Tailandia, Birmania y Camboya, es fácil decir que los vietnamitas han sido los más duros de todos, los más ásperos y los más irrespetuosos.


Sin embargo sus parajes naturales son alucinantes. Merece la pena sufrir ciertos malos rollos de vez en cuando para poder contemplar sus infinitas playas de arena blanca, sus boscosas montañas, sus gigantescas cuevas y grutas o su increíble bahía de Halong.


Justo antes de visitar Hanoi hicimos una parada en Dong Hoi, una pequeña ciudad costera a medio camino entre Hué y la capital. Además de con sus larguísimas playas, nos quedamos maravillados con la que hasta hace dos años era la cueva más grande de Vietnam, Phong Nha -en 2009 descubrieron la cueva más grande del mundo a sólo 12 kilómetros, pero todavía no está abierta al público-. Es impresionante adentrarte en tan tremendo boquete. Montados en una barca y deslizándonos suavemente por el río que atraviesa la cueva, pudimos descubrir sus inmensas grutas, sus altísimas estalagmitas y sus amenazantes estalactitas. Había cavidades del tamaño de la madrileña estación de Atocha y pequeños y afilados recovecos cargados de misterio y humedad.


Después, y una vez visitado Hanoi, donde paseamos, bebimos y comimos en cantidades industriales, fuimos a la bahía de Halong. Nos pusimos el traje de capitán Pescanova y nos montamos en un barco durante dos días, acompañados por gran número de personajes. Había mochileros internacionales, un espía del gobierno, vendedoras ambulantes en barquitas de madera... Lo pasamos en grande, aunque la excursión estuviera organizada al estilo vietnamita; es decir, más chapucera imposible.


La agencia de viajes de Hanoi nos la había vendido como algo espectacular: tres días y dos noches (una de ellas en hotel y otra en barco), comida de lujo, guías especialiazados y que hablaban inglés a la perfección, camarote con todo tipo de lujos, transporte desde el hotel y hasta el hotel, etc, etc, etc. La realidad fue la siguiente:


Hanoi, 8:00. Apararece un autobús petado de gente en el que nos metemos cual sardinas enlatadas. Llega la hora de pagar y nos dicen que tenemos que pagar menos de lo que habíamos acordado. “¿Cómo que menos?” Empezamos a comentar que quizá sea un error o que a lo mejor el paquete 'deluxe' que habíamos acordado fuera un mojón o una pantomima para captar clientela. Le preguntamos al coleguilla que si hay algún fallo. Se echa el móvil a la oreja, llama a la agencia y le dicen que no hay nada raro, aparte de que el servicio 'deluxe' está lleno y de que tenemos que ir por pelotas en el servicio 'standard'. Típico vietnamita: pides algo que no hay y te ponen otra cosa -que puede que hasta sea más cara-. En este caso, y para nuestra sorpresa era más barata; eso sí, nada de excursión de lujo, y todo esto ya a las afueras de Hanoi, sin posibilidad de reacción.


Tras varias horas de viaje llegamos al puerto de Halong City, y para nuestro regocijo nos separan del grupo en el que veníamos y nos dicen que a nosotros nos toca ir al puerto del que salen los barcos mejor preparados. Llegamos al puerto y, efectivamente, el barco era una pasada: maderita barnizada, todo tipo de detalles ornamentales, toldo en cubierta para resguardarse del abrasador sol... Pensando que habíamos triunfado, y que por primera vez habíamos salido benefiacidos del chapucismo vietnamita, empezamos nuestra aventura por la bahía. Paramos en una cueva -grande, aunque no tan impresionante como la de Dong Hoi-, visitamos un pueblo flotante y nos pegamos un chapuzón en un ídilica piscina natural marina rodeada de altos y verdes riscos a la que se llegaba atravesando una pequeña gruta en una de las grandes montañas de piedra caliza que abundan por la zona.


Después, nuestro guía, que hablaba buen inglés, nos explica que nosotros pasaríamos la primera noche en un hotel y la segunda en un barco. Este fue el único guía que hablaba inglés y ese sería el único trayecto que haríamos con cierto tipo de comodidades. A partir de aquí llegaría la realidad.


Nos desembarcan en el puerto de la isla de Cat Ba y nos asignan otro guía, que por cierto venía acompañado del espía del gobierno -el muy gachón nos lo presentó como un guía en prácticas-. A duras penas nos informa de que después de la cena nos llevarán a nuestro hotel y nos da el plan para el día siguiente: desayuno, caminata, playita, comida y noche en barco. Tras más de un hora de espera en el puerto, nos subimos al autobús y atravesamos la isla en dirección a Cat Ba Town. Cenamos en menos de media hora, instigados por las prisas de la antipática camarera, nos volvemos a meter en el bus y nos llevan a nuestro hotel... por decir algo. Aquello de hotel no tenía nada. Era una pensión que se caía a trozos; suciedad, humedad, agujeros y malos olores; menos mal que la cervecería quedaba a menos de 100 metros. Nos duchamos a la velocidad de la luz, nos comimos un bocatita rico rico y nos sentamos a disfrutar del frescor del gaseoso líquido elemento.


A la mañana siguiente nos recogen de la chabolilla, nos llevan a desayunar: pan chicle con mantequilla caducada y mermelada de fresa; nos vamos a hacer la caminata: resbaladiza, embarrada, empinada, y lo mejor de todo, sin guía. Él pasó de subir con nosotros y ni siquiera nos avisó de la dificultad y el peligro que entrañaba la ascención. Nos dijo que volviéramos en dos horas, que no nos retrasáramos y que él nos estaría esperando para ir de vuelta al hotel a comer para después ir a la playa. Cuando volvimos de escalar, con barro hasta las orejas, allí no había nadie esperándonos; ni el guía, ni el autobús, ni Rita la Cantaora. Estuvimos aguardando una hora y media a que llegara otro guía y nos dijera que corriendito nos metiéramos en el autobús.


Cuando llegamos al restaurante comimos lo mismo que habíamos cenado el día anterior y el nuevo guía -ya era el tercero- nos dijo macarrónicamente que teníamos un par de horas para disfrutar de la playa, que estaba a quince minutos caminado. A la vuelta tendríamos que estar listos para coger nuestras cosas y meternos de nuevo en el bus para volver al puerto a meternos en el barco en el que pasaríamos la noche.



Cuando nos montamos en el barco ya estaba atardeciendo. Tras numerosas conversaciones telefónicas, el guía había conseguido meternos en un barco que ni tenía barniz, ni detalles ornamentales, ni toldo. Por supuesto sus habitaciones no tenían aire acondicionado ni neveras, así que las ocho latas de cervezas, la botella de ron y los dos litros de cocacola tendrían que ser enfriados en algún otro sitio. Sólo nos quedaba la opción de la nevera del restaurante. Le preguntamos a uno de los camareros si nos podía guardar las birras para que se enfriaran y nos dice que “no, si lo guardáis aquí, tenéis que pagar un dólar por cada una de ellas que consumáis en el barco”... “¿cómo?”... “lo que oyes, compadre”. Además nos las confiscaron para que no las bebiéramos. Menos mal que las metió en la nevera, por lo que al menos nos las devolvería fresquitas.


Se nos nubló la visión, nosotros que íbamos preparados a disfrutar de un botellón a la española en la cubierta de un barco en la vietnamita bahía de Halong, vimos nuestras intenciones frustadas al primer momento. Aun así todavía teníamos la opción del ron y la cocacola. Pensamos que después de cenar pediríamos dos cocacolas y cuatro vasos y nos haríamos los cubatas de extranjis, ayudados por la oscuridad de la noche.


Dicho y hecho. Terminamos de cenar y pedimos las dos cocacolas. El vietnamita detrás de la barra, que al igual que todos sus compatriotas era espabilado por naturaleza, nos dice que los vasos sólo se dan para la cerveza, que la cocacola se bebe directamente de la lata. No contaba el vietnamita con la picaresca española... tras varios minutos de negociación nos dio los cuatro vasos, eso sí, sin un mísero cubito de hielo. Mientras tanto el espía disimulaba devorando un diccionario de inglés-vietnamita.


Contentos por haber ganado una batalla y fastidiados por no tener hielos con los que enfriar nuestro cubalibre subimos a cubierta. El panorama allí era desalentador. Nuestros compañeros de barco, todos ellos jóvenes y de diversas nacionalidades (franceses, portugueses, australianos...), parlaban en susurros, con un modus operandis demasiado tránquilo para lo que nosotros esperábamos. Mirábamos alrededor y no veíamos nada de nuestro agrado. Y para colmo estábamos bebiendo ron con cocacola caliente. Los tragos nos hacían recordar esas últimas horas de botellón: sin hielos, pero con ganas de pimplar algo más; con los compañeros ya cansados de la labor etílica, pero con cierta ilusión de poder volver a encontrar la euforia y el jolgorio. Necesitábamos un plan. Como no había dios que se bebiera esa mierda de cubalibre, decidimos actuar de camellos etílicos. Pensamos pasar la botella al grupo de tránquilos e intentar con eso animar el cotarro. El guía en prácticas, por su parte, hacía su pase de pernocta intentando integrarse en alguno de los grupillos.


Nos acercamos cual delincuentes al portugués, con el cual ya habíamos entablado conversación en la tarde y el cual cumplía con todos los requisitos de un buen fiestero, y le ofrecimos la botella. Para nuestra sorpresa, él también estaba disfrutando de unas birras que había traído escondidas en la mochila. Lo de disfrutar es un decir, porque como todos sabéis, la cerveza caliente no es de muy buen paladar. Cuando escuchó nuestra proposición indecente, no lo dudó ni un segundo, agarró la botella de ron barato vietnamita -no digo nada relativo a la calidad- y le pegó unos cuantos buches de órdago sin dudarlo. El francés que estaba a su lado, y que también bebía birra de extranjis, fue el siguiente en enganchar la botella cual buen pirata caribeño y le pegó otro tragazo prolongado.


Una hora después no quedaba alcohol en cubierta; lo teníamos todo dentro. Posteriormente nos enteramos de que un australiano y sus amigos franceses se habían ventilado una botella de vodka en un pispas; eso sí, sin compartir ni gota -algo de lo que estábamos más que agradecidos-. Las bases para una buena noche ya estaban puestas. Para colmo, nos llaman los miembros de la tripulación y nos avisan de que abajo, en el restaurante, estaban celebrando el cumpleaños de una de las trabajoras del barco y de que todos estábamos invitados a participar en la fiesta. Tenían una mesa con comida, ron y la música a todo volumen. ¡Lo que nos faltaba! Los vietnamitas pensaron que gracias al cumpleaños por fin consumiríamos sus bebidas, lo que no sabían es que ya llegábamos finos al emotivo evento. Tarta, velas, bailes, karaoke y algo más de cerveza hicieron que llegara el desfase.


Este fue el momento estrella del espía. Crecido tras unos cuantos tragos de ron empezó a decir a todo cristo que él era un viajero como los demás. El muy cabrón hablaba inglés y francés. El tío ya no era guía en prácticas, ahora era espía en prácticas. Se tiró un buen rato sacando información a un francés, que extrañamente había perdido su pasaporte. Al día siguiente fue el mismo espía quien le localizó el pasaporte. Aparentemente lo tenía un limpiabotas en Halong que había llamado por teléfono. La historia no tenía ni pies ni cabeza, pero se resolvió con 500.000 dongs para el espía y pasaporte para el francés... raro, raro, raro.


Cuando nos quisismos dar cuenta, aquello era el despiporre. El portugúes le pedía al capitán que encendiera el motor y pusiera rumbo norte... ¡a Japón! El australiano y los franceses daban tumbos sin parar; la botella de vodka caliente les estaba pasando factura. Las españolas bailoteaban con el guía y la cumpleañera. Los otros franceses miraban atónitos sin saber muy bien qué hacer. La tripulación estaba sorprendidísima de cómo aquellos occidentales podían tener tanta marcha en el cuerpo si sólo habían pedido un par de cervezas.


La fiesta duraría hasta las doce. El portugués se erigió como el auténtico revolucionario y, tras haber actuado con el sobrenombre de Dj. Captain, intentó organizar un motín para que todos los que estábamos abordo saltáramos al agua a pegarnos un chapuzón. Hubo un momento tenso cuando el capitán descubrió que ya había tres guiris medio en pelotas a punto de saltar por la borda. La estricta normativa vietnamita podría ponerle en el talego, quitarle el barco y dejarle sin curro. Y aquí en Vietnam no se cobra paro, ni beneficios sociales, así que la cara de susto del pobre capitán y los demás miembros de la tripulación era considerable. Tras varios minutos de tensas negociaciones se decidió no saltar. Se esperaría hasta la mañana para hacerlo, cuando ya era legal, pero no tan emocionante.


A la mañana siguiente las caras largas y resacosas estaban más que presentes. Pocos se salvaban de la resaca. El capitán tenía unas ojeras que le llegaban a los pies, el guía nos miraba a todos con cara de asco y el espía se quedaba dormido con el diccionario en la mano. Se morían de ganas por llevarnos a puerto y olvidarse de nosotros.



Tres horas de autobús y ya estábamos de vuelta en Hanoi. 24 horas más tarde estábamos poniéndonos las sudaderas por primera vez en cuatro meses. Habíamos llegado al norte de Vietnam, a la montañosa Sapa y toda la odisea del viaje en la bahía ya formaba parte del pasado.


Pasamos cuatro días gozando de largas caminatas montañeras, acompañados por gente de diferentes pueblos, rodeados de arrozales, mazorcas, plantas de marihuana y búfalos. No penséis que la marihuana aquí es legal, o que por crecer libremente junto al maíz, se fuma sin parar. Aquí la utilizan para hacer tejidos y sólo algún viejete místico parece disfrutar de su uso festivo.


Mañana pondremos rumbo a Laos. Será el quinto país que visitemos. En él cumpliremos cinco meses de viaje. Después llegarán Malasia e Indonesia.


Os seguiremos informando.
Buenos días y buena suerte.

miércoles, 20 de julio de 2011

CARRUSEL FESTIVO


RONDA INFORMATIVA... ¡¡¡Nos vamos al Costa de Vietnam!!!

Playas de Hoi An 3 - Mui Né Beach CF 1

El Playas de Hoi An ha vapuleado al Mui Né Beach CF. 

El Playas de Hoi An, plagado de canteranos, ha dominado casi completamente este bello y trepidante derbi  costero perteneciente a la División Centro de la Liga de Gandules de Vietnam. Su juego alegre, intenso y original ha sido un torbellino del que el Mui Né CF, cargado de estrellas internacionales y todo tipo de lujos, no ha sabido protegerse.  

Se adelantó en el marcador el Mui Né Beach con un golazo de Duna. El gol no dio tranquilidad al equipo de Phan Tiet; al contrario, perdió su identidad, cometió numerosas indecisiones y apostó por un juego muy conservador. Nada más marcar el tanto, el técnico decidió cambiar su estilo de juego, se metió atrás e hizo algunos cambios (sacó del terreno a Playa  y a los canteranos, y metió a Rocas y a sus costosos jugadores internacionales). 

Aquí pueden observar la belleza del tanto de Dunas:


El cambio de actitud en el combinado de Mui Né hizo que el partido cambiara rápidamente tras el primer gol. El Playas de Hoi An, sin variar su filosofía, apostando por la chavalería de la casa, no se vino abajo con el tanto encajado y consiguió dominar el partido de cabo a rabo. Con jugadas elaboradas de largas posesiones y haciendo un uso estupendo de su tiki-taka local, empezó a disponer de numerosas ocasiones de gol. La defensa del Mui Né CF, con dos centrales lentos y cansados (Resort y Karaoke), empezó a perder la posición y a verse desbordada en todo momento por los jóvenes atacantes del Playas de Hoi An, especialmente por Tomacosta y Arrocete.

Justo antes del descanso Tomacosta empató el partido. Tras un gran pase de Historinho, que luego marcaría el tercero de los goles, se quedó solo ante la portería rival y batió al portero de un raso y cruzado disparo.


Recién comenzado el segundo tiempo, Arrocete sorprendió a todos con una lenta pero exquisita jugada, que dejó a todo el público con la boca abierta. Recordó a aquellos grandes momentos del gran Xabi Prieto.



Y justo antes del pitido final, Historinho cabeceó con precisión un medido centro de Indochino, estableciendo así el 3 -1 definitvo.


Ahora mismo acaba de terminar el partido de Champions entre el Cuevas de Chian Dao (Tailandia) y el Phan Nha Cave (Vietnam). El resultado ha sido Chian Dao 0 - Phan Nha Cave 5. Manita que en la siguiente ronda informativa trataremos con más detalle.



Para esta noche y mañana quedan el Tren Nocturno entre Dong Hoi y Hanoi y el reencuentro con nuestros colegas melillenses-malaguitas Fran y Raquel.
¡Aupa Real!

lunes, 11 de julio de 2011

¡Marchando una de Vietnam!


Desde Mui Ne (Vietnam),

hoy no escribiré mucho; los días de playa relajan en extremo. Se agradecen enormemente después de haber estado tres días en la frenética Saigón -Ho Chi Minh City para los funcionarios del gobierno, policías y militares; para el resto de los ciudadanos, Saigón-. Fueron tres días sin parar de caminar por sus calles, sorteando motos, soportando pitidos continuos y bebiendo batidos de aguacate con hielo picado y leche condensada. Para evitar tanto ajetreo y ruido, nos refugíamos en un par de museos -el War Remnants Museum y el History Museum-. El primero revuelve el estómago, el segundo es bastante ilustrativo, aunque si me dicen de volver mañana, le dan por el ojal. También nos dimos una vuelta por las pagodas y mercados del barrio chino, y nos sentamos en la sombría terraza de una cafetería siguiendo el ejemplo vietnamita: echarse una partida refrescándose con un té con hielo -aquí son unos enamorados de un juego parecido a las damas, juegan a todas horas y por todas partes, los puedes ver en cualquier acera, en las teterías y cafeterías, mientras descansan para comer-. Incluso tuvimos tiempo de testear la birra vietnamita en cantidades amables y padecer una resaca bastante desagradable de regalo.

Saigón es un terremoto continuo, pocos caminan, hay motos, coches, camiones y carritos de cominda por doquier, nadie para de usar el claxon, nadie frena, por todos lados escuchas: do you want motorbike, sir?. Da igual que cojas tus auriculares y petes la música hasta el máximo volumén, seguirás oyendo los pitidos y el zumbar de los motoracos humeantes de autubuses y camiones.

Lo fascinante es encontrar gente que, dentro de tal onda vital cargada de energía, consigue relajarse y echarse una cabezadita. Como por ejemplo, el segurata de una agencia de viajes que, de tanto controlar al personal, no aguanta más tanta tensión, pierde la concentración levemente y sueña como un trapillo en una silla de la clase de parvulitos, con las manos juntitas en la entrepierna.



O como los incansables mototaxis, los que el 99% de las veces te saludan con el do you need motorbike?, los que por el día te transportan y por las noches venden fumables especias que te teletransportan. Hasta ellos encuentran su momento para desconectar, para abstraerse del estruendo y quedarse tiesos; ya sea junto a la moto, recostado en una silla de plástico con los pies apoyados en un arbolito urbano, con el cuello roto y con la boca bien abierta para que no se escape nada de humo; o con los pies o la cabeza sobre el manillar, sacándole partido al desproporcionado sillón de la scooter; o simplemente, pegarse una inocente microsiesta sentado en su Suzuki, con la cabeza entre las piernas y el cigarro apagado en vertical entre los dedos, con una ceniza cual Torre Gemela de unos 5 centímetros.









Hay otros que, debido a la mayor dureza de su jornada laboral, gozan de más amplias y acondicionadas instalaciones para sestear: un sillón más anchote, un apoyapies que convierte el sillón en cama, y una umbría y refrescante esquina-jardín, limpia y sin tanto gentío.




A todos ellos los queremos incluir en nuestra sección de personajes destacados, por su naturalidad y desparpajo. Por desgracia sólo uno puede recoger el premio. Hemos decidido que lo recoja el único que me pillo haciéndole la foto... ya atardecía y el cabrón del flash de la cámara saltó sorprendiendo a diestro y siniestro. El buen hombre despertó asustadillo, pero con una simpática cara de sobado pasiego y con una graciosa exclamación en vietnamita. Le leí en sus amables ojos lo que me dijo entre risas, fue una especie de ¡eeey... qué cabroncete estás hecho, me acababa de sobar!.   

Aunque veamos que conciliar trabajo y comodidad no es sólo para los que tienen un futbolín en la oficina, seguimos pensando que se está mucho mejor de vacaciones.


"It's always better on holiday, so much better on holiday, that's why we only work when we need the money"
                                                                                               Franz Ferdinand

martes, 5 de julio de 2011

Navengando las turbias aguas del Delta del Mekong

Queridos y queridas,

me congratula informaros de que ya estamos en Vietnam. Entramos hace cuatro días. Nos costó algo más de dos horas recorrer los 40 kilómetros que nos separaban de la frontera, llegamos en tuk tuk desde Camboya, sellamos nuestros pasaportes, volvimos a tener un breve diálogo futbolero con un policía fronterizo y cogimos unas mototaxis para adentrarnos en el país de Ho Chi Minh. Ahora mismo estamos en un pequeño y acogedor pueblo llamado Ben Tre, en un hotelillo frente a un lago y en una austera y recién pintada habitación con lígeros aromas a moho. 

Nos costó algo más de 6 horas llegar a este pueblo desde Ha Tien, el primer pueblo vietnamita que visitamos y que estaba pegado a la costa. Su playa era de arena oscura y escasa, pero sus cangrejos eran sabrosos y carnosos. El trayecto en autobús, atravesando el Mekong y su delta, fue largo y con vistas de todo tipo: verdes campos de arroz, abarrotadas calles de pueblos y ciudades, y puentes flotantes en los que las motos y los autobuses luchaban por hacerse hueco. Tampoco estuvo mal el aspecto acústico del viaje. El conductor de nuestro autobús no dejó de pitar ni un solo segundo, consiguiendo con ello que fuera más destacable el silencio que el pitido. 

Aquí, en el sur Vietnam, y aunque estemos muy cerca del vecino Camboya, ya se notan algunas diferencias; el ritmo ha subido, no se ven carteles en inglés, la gente habla más alto y el espíritu chino empieza a estar más presente. La hoz y el martillo, junto a la bandera vietnamita, decoran las esquinas, las escuelas, los bancos y cada uno de los mástiles en las rotondas. Ho Chi Minh está por todas partes y los guiris se cuentan con dos dedos. Las dificultades en la comunicación se incrementan. Estamos tirando de nuestro diminuto diccionario Inglés-Vietnamita para hacernos entender, pero lo único que conseguimos es que se descojonen de nosotros en nuestra cara. De momento somos capaces de decir 'hola, gracias, adiós, ¿cuánto cuesta? y muy caro' con 100% de efectividad, el resto de las palabras provocan gestos de sorpresa, fruncimientos exagerados y multitud de sonidos tipo 'oooh, uuuh'.

La comida por estos lares es de momento exquisita. El primer día pudimos disfrutar de una sabrosa cena a base de verdura y fruta (algas, pepino, hierbabuena, piña y algunos otros hierbajos desconocidos para nosotros -que por cierto se asemejan bastante a las malas hierbas que crecían en nuestro jardín malagueño-), junto con unos pinchitos de ternera, fideos, rollitos de gambas y té helado. Nos pegamos un hinchón del carajo y su precio no llegó a cuatro doláres.

Ayer tuvimos un día muy completo. Por la mañana investigamos el pueblo y sus alrededores. Sufrimos el calor en un ambientado mercado, con numerosos puestos de frutas, de verduras, de pescado, de serpientes, de enérgicas ranas saltarinas sin un pelo de tontas -fijaros bien la foto de la izquierda- y de sombreros cónicos tradicionales. Isabel ya se tapa del sol con uno de ellos, lo que provoca bastantes roturas de cuello entre los lugareños. 

Por la tarde nos dimos un paseo en una barca por el delta del Mekong. Estuvimos cuatro horas, hasta el atardecer. Vimos cargueros gigantes, nos metimos por estrechos canales, entre cocoteros y árboles frutales, y contemplamos la vida en los islotes. Los principales ríos que forma el Mekong en su última etapa antes de llegar al mar son asombrosamente anchos y caudalosos. Es un mar de aguas marrones ricas en hierro.

En uno de los islotes tuvimos la oportunidad de ver cómo viven. Como llegamos a última hora de la tarde, ya habían termiando su jornada laboral y habían empezado la jarana. Dos de ellos estaban dedicados en cuerpo y alma al licor de arroz, y como por aquí dar agradables bienvenidas es  muy común, tuvimos que unirnos al ritual etílico. Compartimos chupitos, mangos y mazorcas de maíz con nuestro guía y con dos vietnamitas excombatientes de la que aquí llaman Guerra de Camboya (1975-1987). 

Tras acabar la Guerra del Vietnam -que por cierto aquí llaman American War-, camboyanos y vietnamitas lucharon por las prolíficas tierras del Mekong, consiguiendo con ello lo que consiguen todas las guerras: destrucción, muerte y fracaso. Uno de los señores había estado 10 años en combate, en tierras camboyanas, en las tropas de infantería del ejército vietnamita. Tenía el cuerpo lleno de cicatrices. Una de ellas era especialmente impactante; un balazo le había rozado y le había reventado tres costillas, dejando una señal de tres pares de bemoles en el costado. También tenía el estómago abierto en canal y sus piernas estaban llenas de marcas. Aun así, se bebía los chupitos sin el menor problema. El otro, que había luchado en artillería durante 5 años, había tenido más suerte y no había sido herido. En la foto podéis ver la situación: el de la camiseta oscura era el que había salido peor parado, el de la camisa , nuestro guía, y el que iba sin camiseta era el artillero.



Algo había leído acerca de la guerra entre vietnamitas y camboyanos, pero nunca me hubiera imagiando que me iba a encontrar al tercer día con dos exmilitares vietnamitas. Para colmo llegué allí llevando un gorro que me compré en Camboya y que tenía un banderón con la palabra CAMBODIA escrita en el frontal. Para relajar la tensión de la conversación, me quité el gorro y les dije que a ellos no les gustaría mucho mi gorro, por eso de llevar los colores camboyanos. El guía le tradujo lo que había dicho, y para mi sorpresa, el herido agarró el gorro, miró la bandera con detenimiento y su cara se tornó en felicidad. Había estado diez años batallando en tierras camboyanas, cumpliendo las órdenes de los mandos vietnamitas, pretendiendo matar camboyanos y evitando no ser asesinado por ellos, y aun así se confesaba amante de Camboya.  Agarró el gorro y se lo puso orgulloso. Me preguntó que si sabía hablar khmer, estaba deseoso de volver a practicarlo. Le dije que no, que sólo sabía decir las cuatro cosas básicas que se aprenden para viajar. No le importó mucho mi respuesta y me soltó alguna frase en camboyano. Irradiaba felicidad con el gorro puesto, contento de tener la bandera camboyana sobre la frente. Me quedé bastante sorprendido y empecé a investigar el porqué. 

El guía nos comentó como gran parte de los vietnamitas, independientemente de si fueron o no fueron militares en la guerra, recelan de la libertad existente ahora mismo en Camboya. Me dijo literalmente que en el Vietnam de ahora hay sólo un camino, el que dicta el Partido Comunista; todo está muy bien, y si dices lo contrario -dijo llevándose el pulgar de lado a lado del cuello-, desapareces. En Vietnam no hay la pobreza que hay en Camboya, pero no hay libertad alguna. Por eso, el exmilitar cogió el gorro del que fue su enemigo durante una década con tanto entusiasmo; daba la impresión de que le hubiera encantado quedarse en Camboya, aunque fuera luchando. 

Debe ser dificilísimo elegir entre esclavitud o pobreza, éstos tenían toda la pinta de quedarse con la libertad camboyana, por mucha pobreza que pudieran tener. Ser libre y pobre es mejor que no poder hablar o expresar tus ideas libremente. Antes de que el guía me dijera todo esto le había preguntado si era feliz en Vietnam, y me había contestado: ¿por qué preguntas eso? No se fían de nadie; el partido tiene ojos y oídos por todas partes y hay que estar atento si quieres seguir con vida.

PD: Justo antes de volver a montarnos en la barca, el exmilitar herido seguía maravillado con el gorro. No estaba seguro de si se lo había prestado para que lo viera o de si se lo había regalado.

Volví al pueblo sin el gorro, contemplando el atardecer en el Mekong y con la cara de satisfacción  y felicidad del señor metida en la cabeza.
  


Os informamos de que en Vietnam no se puede acceder a facebook  por lo que estaréis un mes sin Iza Bella ni Maouaddict. Si algún hacker se presta a enviarnos alguna forma útil de evitar la prohibición, le estaremos muy agradecidos.

miércoles, 29 de junio de 2011

Pegados a la playa

Llevamos seis días de relajación absoluta en Sihanoukville, un acogedor pueblo de playas de arena blanca al sur de Camboya. Llegamos aquí desde Phnom Penh, capital de país, tras unas cinco horas de autobús. Huímos rápidamente de su incesante e incómodo ajetreo. Sólo estuvimos dos noches. Caminar por sus calles era una tortura continua. Los coches aparcan sobre las aceras, por lo que tienes que caminar por plena calle lidiando con motos, tuk tuks, carritos de comida y variopintos comercios. Para cruzar, debes andar con mil ojos, pero manteniendo el ritmo y la dirección, sin parar de caminar. Todos van y vienen sin control alguno, pero despacísimo. Como nadie conduce a gran velocidad, la mayoría de los movimientos se pueden prever fácilmente. Las señales de prohíbido se las pasan por el forro. La circulación en dirección contraria es normal, nadie se preocupa, ni siquiera los policías. Los desgastados pasos de cebra están de adorno, los pocos semáforos que hay, o bien están apagados, o bien se los saltan sin ponerse colorados. Aun así, dentro del caos, se encuentra una especie de desorden ordenado que hace que todo el mundo siga su camino sin frenazos ni mosqueos.

Los primeros momentos en la capital fueron acojonantes -no divertidos, aquí acojonantes quiere decir que me cagué del susto-. Llegamos atardeciendo, nos enganchó un tuk-tuk y tiramos para la pensión. Cuando la recepcionista me pidió el pasaporte, me acordé repentinamente de que no lo tenía conmigo. De repente me percaté: lo había dejado como depósito para el alquiler de la moto en Battambang y se me olvidó pedirlo cuando la devolvimos. Así que me acojoné. Mi pasaporte estaba a cientos de kilómetros. Emití un par de interjecciones y pensé que me iba a tocar volver a buscarlo, que lo iba a perder, que ¡me cago en todo porque en Camboya no hay embajada española para pedir otro!, que seguro que con el desorden y el caos que impera me lo pierden, que tal y tal... La recepcionista hablaba buen inglés -menos mal-, me entendió sin problemas, llamó al hotelillo de Battambang y acordamos que me lo enviarían al día siguiente en un autobús. Llegaría a las dos.

Cuando salimos de la pensión a la mañana siguiente, nos recibió un calorazo pegajoso, con polvo y olor a humo. La misma actividad, el mismo ajetreo, el pitar continuo de los coches. Metidos en tal movida conseguimos desayunar, visitar un par de mercados, tostarnos por las calles y llegar puntuales al esperado reencuentro con mi pasaporte.

Varios minutos de falta de comunicación sucedieron.

- Susrei (Hello), Ey, has the bus from Battambang arrived? -le pregunto.
- You want ticket Battambang? 
- No, no. I don't want ticket to Battambang, I want to know if the bus coming from Battambang, arriving at two, has arrived? 
- Je je je -. La tía se empieza a descojonar y se pone a buscar al compañero que habla inglés. 

Mientras tanto, un amable señor me dice con seguridad:

- Hello, what you need?
- Ey look, I am waiting for my passport. It is coming from Battambang. The recepcionist in my guest house told me that it will be here at two. I left it in Battambang... ok? And it's been sent here to Phnom Penh. Can you ask them if the bus has arrived, please? -todo esto con mímica incluida. 
- Ahhhh, ok ok no problem... talk to that man in there.

Fenómeno. Me adentro algo más en el bullicioso local que hace las bases de parada de autobuses, echo un ojo alrededor y veo todo lleno de cajas grandes y de bolsones a reventar.

- Ey, I am waiting for my passport, it's coming at two from Battambang.
- Je je je -. Otro que se empieza a deshuevar y avisa a otro currela que sí hablaba inglés.  

Llega otro chaval, le vuelvo a contar la película, mira el reloj y dice.

- Oh, sir, you can wait here, ok? You have telephone number? 
- Yes, this is the number.

Le enseñé el papelito de la pensión, me lo cogió y comprobó si el número coincidía con los de su lista de envíos.

- Not here yet. You come later. The bus is not arrive at two. Arrive four. You come four oclock here –me comenta el delgadillo y encamisado camboyano.
- Ok, at four I will be here... The bus arrives at four, right? From Battambang? My passport here no problem?
- Yes, yes, no problem... come at four.

Saliendo de la improvisada oficinilla, vuelvo a ver el tamaño de la mayoría de las cosas que se enviaban, todo era gigante... y mi pasaporte tan pequeño.

Eran las dos y cuarto. ¿Qué hacemos?

Aprovechamos esas dos horillas para visitar el S-21, el más grande y atroz de los centros de tortura y asesinato del Khmer Rojo. Es un colegio que los militares utilizaron como prisión, matadero y punto intermedio entre la vida y la muerte. Entre 1975 y 1979 se cargaron allí a 20.000 personas en las aulas o en el patio de la escuela. Otras eran enviadas a los campos o las cuevas de la muerte para ser asesinadas vilmente. Se puede ver tal y como lo dejaron. Hay muchas fotos de los prisioneros, muchos datos bibliográficos de los tiranos y declaraciones de algunos supervivientes. Las aulas todavía mantienen las camas oxidadas con los grilletes sobre los carcomidos somiéres. Sobre las paredes, en algunas clases, hay una foto escalofriante de alguna persona que murió en esa misma habitación y en esa misma cama. En una de las clases se pueden ver cráneos con agujeros de tiros. Se palpa la malicia, el miedo y el sufrimiento. En el patio del colegio están las tumbas de los últimos 14 asesinados. Los vietnamitas consiguieron echar a los militares a principios del 79. Huyeron hacia Tailandia y sobrevivieron como guerrilleros. Ahora los están juzgando en Phnom Penh.

Nos tiramos allí dentro una hora y media. Salimos con un mal cuerpo de mil demonios.

A las cuatro estábamos de vuelta en el localillo de la compañía de autobuses. No había tanto movimiento como a las dos.

- Ohhh hello sir... -me dice el mismo palillo de antes-. Bus from Battambang has problem... no here till six or seven.
- What problem?... Serious? Six or seven? 
- Bus from Battambang has problem . You come at six or seven ok?

Pues ok... qué le iba decir. La negatividad me comía. No sé que porqué presentía que el pasaporte no llegaría a mis manos. Desaparecería en el camino -si es que estaba de camino-, se perdería entre tanta caja gigante, habría sido enviado a otra ciudad...

Otras dos horas de espera. A comer. De nuevo la locura, el trajín, el 'cuidado con la moto', el 'tuk-tuk, sir?'. Compramos unos rollitos callejeros, unas cocacolas, algo más de fritanga y unas pastitas. Sobre las seis estábamos como un clavo de nuevo en el local. Esperamos un ratito y llegó el autobús. Esperamos otro ratillo y llegó el chavalito con el pasaporte en la mano. “¡Vamosss!” Nos fuimos para el hostal y nos comimos un bocadillo rico rico de merienda.

24 horas después ya estábamos en la playa. Seis días más tarde seguimos en la playa. Hemos tenido un tiempo estupendo; ni lluvias, ni tormentas... sol abrasivo Nos pegamos el primer día de reconocimiento, el segundo a base de marisco, de birra fresquita y de chapuzones con olas. El tercero alquilamos unas bicis y nos pegamos un baño en cada una de las cinco playas que hay en la zona. En la que más nos gustó nos echamos la siesta; nos tumbamos por la patilla en las tumbonas de un hotelazo y nos quedamos tiesos bajo la sombra de los pinos. El cuarto día era el cumpleaños de Isi, y para celebralo nos pegamos el día visitando las islas de los alrededores, viendo pececitos con las gafas y el tubo, comiendo pescaito, bebiendo birra y chupitos de tequila, pillándonos una buena cogorza con otros tres gandules que conocimos el día anterior. Hubo incluso baile femenino sobre la barra del garito, despelo[ piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii ].

Ayer resaca y noodles.

Mañana nos vamos a Kep, a 50 km al oeste de Vietnam. El día 2 de julio cruzamos la frontera. 

PD: Ya cargaremos fotos de estos días cuando encontremos una conexión sin reuma Hablando de fotos, Isabel ha sido la ganadora del CONCURSO FOTOGRÁFICO con su Bon Apettite...  muchas felicidades  para ella y muchas gracias a todos por participar... habrá más.  

martes, 21 de junio de 2011

Bienestar

22:30. Estaban recostados en los básicos sofás de un restaurante nocturno de Battambang, uno de esos que pretende inspirar modernidad y buenos modales: tenue y acogedor, de colores cálidos y escuálidos camareros.  Estaban dando un final bastante decente a un día muy completo. Habían estado visitando la provincia de Battambang desde las 9:00 de la mañana, pilotando una Honda Dream (scooter todoterreno de las que aguantan mil y una batallas). Habían conducido entre arrozales, mangos y cocoteros; ríos y charcos color arcilla; familias con muchos críos; bicis y más motillos. Habían visto un tren de bambú, visitado un templo del siglo X, comido tallarines en una mesa callejera y subido numerosas escaleras para contemplar el verde horizonte... incluso se habían echado un partida de petanca con un grupo de camboyanos. Se habían topado con monos, cerdos enjaulados y valientes policias, como el de la foto superior. En el camino de regreso, y durante un "rato de nada", condujeron en dirección completamente opuesta -bien tránquilitos, por cierto-; gracias a ello tuvieron la oportunidad de parar en un puesto de carretera, que vendía gasolina y frutas, a  saborear un puntiguado fruto de gusto similar a la chirimoya. Tras preguntar al tendero dónde coño estaba Battambang, se convencieron de lo que ya se venían temiendo: algo raro pasaba con la ruta a seguir. Se habían tirado todo el "ratillo de nada", que exactamente había durado 1 hora y 30 minutazos, comentando boberías, como por ejemplo: "sí, sí, esto me suena"; "ya no debe quedar mucho"; "mira, una fábrica... eso es que ya estamos al lado"; "joder, ¿pero no estábamos a 14 kilómetros, como es que llevamos una hora?"; "eso es porque vamos todo el camino a 40"... Ya de vuelta al hostal, un arco iris doble les perfiló el camino a la cena.

Tras finiquitarse la birra, se escuchó: - Joder... con la de gente feliz que hemos visto hoy, y durante los últimos cuatro meses, todos con una gigantesca sonrisa en la cara; con la de niños contentos que se ven pedaleando de vuelta a casa enfundados en su uniforme escolar, o recogiendo botellas de plástico; con la de alegres currelas que nos han saludado y hemos conocido. Joder, la mayoría de esta gente no tiene la palabra vacaciones en su idioma, viven en modestísimas casas de madera, curran a diario y a destajo, sin importar la edad o el sexo, no tienen lujos ni caprichos, y aun así están tan felices... Creo que estoy  perdiendo el rumbo con el famoso "estado de bienestar occidental".   



jueves, 16 de junio de 2011

MOVIMIENTO ECSTÁTICO 2.0



En el suelo de mi habitación, y mientras a través de la ventana contemplo un perfecto atardecer anarajando de fondo, escribo estas palabras tras haber invertido algo de mi tiempo en el 'paint'. Sí, sí, en el 'paint'... llevaba tiempo sin adentrarme en las profundidades de este mítico programa informático. Me he acordado de las clases de Diseño Por Ordenador del instituto en las que aprovechábamos para chapucear las escasas tareas que nos mandaba la profesora más erótica del centro y para perfeccionar el diseño de gilipolleces de todo tipo. Me vienen a la cabeza un par de obras maestras de contenido evidente: un falo humano escaneado y un escudo del equipo de baloncesto de la liga escolar con un par de huevos y un palo colgando entre las piernas.

¡Qué maravilla de programa! Gracias a él vais a poder saber dónde estamos siempre que echéis un ojo al blog. A vuestra derecha tenéis el Gepe ese: una imagen del mapa del Sudeste Asiático con nuestro recorrido en rojo.

No hemos hecho gran cosa. Las líneas rojas escasean. El tiempo pasa fugaz y los kilómetros sosegádamente. Teníamos la sensación de haber visto numerosos lugares en estos tres meses, pero cuando hemos visto la imagen desde lo alto, nos hemos dado cuenta de lo mucho que todavía nos queda por viajar. Esto acaba de empezar y por suerte tenemos las baterías recien cargadas.

Conseguir llenar el mapa de rojo, sin que ello suponga que el rojo aparezca en la cuenta bancaria, sigue siendo nuestra meta y principal ilusión.

Ayer se nos acabaron los días de movimiento estático: fue la última jornada de trabajo en la escuela de Siem Reap. Llegó el momento de recoger lo plantado y de volar... de volar al bar. No habían transcurrido ni 15 minutos desde que abandonamos la escuela y ya nos habíamos ventilado un par de jarras de cerveza, acompañados por dos compañeros del cole en una terracita con toldos amarillos, acristaladas mesas redondas, cómodas sillas de mimbre y segurata de rigor. Cayeron cuatro jarras más con un tormentón repentino de telón de fondo. Unas cuantas cañas aisladas, tres por cabeza para ser más exactos, llegarían durante la merienda-cena. Un par de pizzas, de las que aquí llaman Happy Pizzas y que no aparecen en el menú del Ecstatic Pizza, nos sirvieron de alimento y de entretenimiento. Quizá pedimos alguna que otra caña aislada más... ¡mmm! Las Happy Herbs, que se escondían inocentemente entre la masa de la pizza y la base de tomate, nos agarraron la comisura de los labios y tiraban de ellas con fuerza hacia las orejas; las carcajadas y las lágrimas de la risa estuvieron con nosotros durante un par de maravillosas horas. Ya entrada la noche, llegaría la hora del postre callejero. Un par de chavalitas, en una moto con un puesto de comida en el sidecar, nos preparon cuatro reconfortantes pancakes de plátano con chocolate. Tiernos y calentitos. Recuperamos la energía perdida y nos sentimos plenos, cual Tony Rominger, para coger nuestros bicicletones y volver a casa tranquilamente, disfrutando de la luna llena escondida entre las nubes.

Esta grandiosa y desternillante despedida laboral da paso de nuevo a los días ambulantes a base de mochila, tallarines, autobusés y barcos. Camboya, desde su interior hasta su costa; y Vietnam, desde el Mekong hasta Hanoi, son los trayectos venideros.

Bye Bye, Ecstatic!

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PD: Si todavía no habéis participado en el CONCURSO FOTOGRÁFICO, hacedlo ya mismo... os quedan 10 días.