domingo, 28 de agosto de 2011

K de Kuala, L de Lumpur

Vuelo plácido; ni meneos ni estrecheces. Air Asia, la compañía aérea de bajo coste que opera a este lado del mundo, es un lujazo en comparación con las europeas RyanAir-le-echo-cinco-eurillos-al-depósito-y-hago-un-Londres-San-Petersburgo-sin-ningún-reparo o Easy-Jet-tengo-asientos-diminutos-más-duros-que-en-los-coches-de-choque-de-la-feria-de-Utrera.

Salimos de Vientiane (Laos) cuando ya aterdecía, así que cuando estábamos intentando encontrar una pensión decente en Kuala Lumpur (Malasia) ya era noche profunda y por las calles sólo deambualaba lo mejor de cada portal. Acabamos en el zulo de un hostal cutre y maloliente. Tenue, sórdido y de mala muerte. Le queremos dar las gracias a los dos personajes (una yanki y un turco) que nos lo recomendaron por su pulcritud y tranquilidad. ¡Hay gente para todo! Único punto a favor, su localización: en el centro a pocos kilómetros de lo más interesante de la megaciudad.


A la mañana siguiente salimos del hostal con el rabo entre las piernas. La noche fue amena. Entre olores, ratones y clubes de cinéfilos bollywoodienses no tuvimos el descanso que se espera tras un día de viaje. Con la luz del sol todo se transforma y lo que por la noche parecía una perrera flanqueada de ajados edificios se convirtió en un hervidero positivo de colores e idiomas. Encontramos una pensión de lujo a pocos metros. Algo más barata y muchísimo más limpia y familiar. Nada de hedores, ni roedores, ni cinéfilos.


La energía de las calles de la capital malaya, inundada de gente variopinta nos sacudió de un zarpazo el sosiego laosiano. Turbantes, pañuelos, burkas, vaqueros, tilaks, zapatillas de imitación y thanakh parecían fundirse en una pacífica ebullición. Pasamos las primeras horas dentro del torbellino del barrio chino. De lado a lado, sin saber muy bien dónde terminaríamos, ni cómo, ni cuándo. La víspera nos llevó a las alturas. Las torres Petronas, que acarician el cielo con sus más de cuatrocientos metros, me trajeron recuerdos de las desaparecidas torres gemelas de Nueva York. Volví a ver gente tumbada boca arriba en el suelo, con la cámara de fotos entre las manos, intentando conseguir un plano total de los dos edificios. Son espectaculares y consiguen encerrar a un montonazo de currelas en su interior. Economía espacial asegurada. Acojone al por mayor: me imaginé tener que trabajar allí día tras día y por el estómago me corrió el mismo gusanillo que me corrió cuando estaba a punto de saltar al vacio desde 60 metros atado a una cuerda. La modernidad y sus excesos no se ponen límites de altura.



La mañana del segundo día la perdimos comprando el billete que nos llevará mañana a la jungla tropical más antigua del mundo. Conservada intacta desde hace 130 millones de años, Taman Negara, debe ser un criadero tremendo de vida salvaje y arbórea. Aparentemente podremos ver serpientes, elefantes, jabalíes, leopardos… ya os haremos el resumen, quizá no veamos un mojón, quizá veamos muchos... ojalá que así sea. Por la tarde paseamos por la ciudad, como acostumbramos a hacer, sin rumbo fijo, vimos edificios coloniales, barrios indios animados por música atronadora y caldeados por sus empanadas de pollo al curry y por el humo de los autobuses úrbanos. Nos adentramos en el aseado mercado central. No tienen olores ni colores especiales. Huele a billetes y monedas y está perfectamente decorado. Echamos de menos el pescado sin hielo, la carne atizada con varas de bambú con moscas huidizas revoloteando al acecho, los mangos con agujeritos y las dependientes parlanchinas, el agua oscura resbalando por nuestras chanclas... Le falta carisma, ya no tiene la esencia pura de los mercados de Camboya, ni el reñido regateo de los vietnamitas, ni la gracia ni el calor de los laosianos. Precioso en el exterior, precioso en el interior, pero carente de diversión.


De noche volvimos a ver las Petronas, está vez iluminadas por luz artificial. En su base conocimos a unos irakíes que trabajan para Petronas y que no hacían más que recordarnos que en Dubai hay otro edificio que dobla en altura a las colosales gemelas malayas. Al mirar hacia arriba sus caras mostraban una enorme fascinación; para ellos esto es arte con letras mayúsculas. El escote de Isabel era lo único que podía hacer que agacharan la cabeza -otra obra de arte, pensarían-. Todos querían hacerse fotos con ella mientras ella aguantaba el tirón como una campeona: “hoy mismo se la mando a mi madre y le enseño la amiga que me he echado”, decía uno de ellos. También bajaron la vista para hablar de fútbol -of course-. Da pena comprobar cómo los dos equipos más grandes de España, esos que son conocidos vayas donde vayas, se comparan en la actualidad al mítico Tyson contra Holyfield o al Caneda versus Jesús Gil. “En Irak hay mucha gente del Barsa y mucha del Madrid, y al igual que pasa en sus partidos, siempre están peleándose”. Que pena de ejemplo que están dando al mundo los mejores pagados de España. Menos mal que uno de ellos se acordó del mundial y dejó de hablar de cómo se lían a hostias madridistas y barcelonistas. Vergüenza.


De vuelta a nuestro barrio chino vimos una de las zonas de marcha de la movida nocturna. Benidorm a lo moderno, el Torroles del futuro, los precios a la altura del nonagésimo piso de las Petronas, nuestros gaznates secos secos.


Y hoy para terminar nuestra primera visita a Kuala Lumpur, nos hemos tirado todo el día en el Parque del Lago y en sus alrededores. Un poco de deporte, unos cuantos animalitos enjaulados, con las piernas más finas que las de Kate Moss, visita al interior de la Mezquita Nacional, en la que nos hemos vestido de Jedi para ocultar nuestras piernas, brazos, e incluso cabeza -esto sólo para nuestra Isabel querida-, y en donde hemos conocido a un pseudo imán con el que hemos conversado acerca de las bondades del islam. Era de dialogar amable y plácido. Nos ha dicho lo maravilloso que es ser musulmán, “el Corán es la verdad”, ha dicho con la boca bien llena. Nos ha informado que para el islam todos somos iguales, todos respetables, queridos por Alá, sin importar ni color, ni edad, ni país de origen, “rezamos hombro con hombro para que no se cuele el demonio entre medias, da igual de dónde vengas ni cómo seas... entras a rezar, saludas con el salamelecom y eres bienvenido”. Cuando ha llegado el momento de despedirnos le he dado la mano y las gracias. Cuando Isa iba a hacer lo mismo ha dicho: “no, lo siento, a tí, mujer, no te puedo tocar”. “El Corán es la verdad”. Otra religión que se contradice. Todos somos iguales ante Alá, mis cojones... ni eso, que uno me cuelga más que otro.


Mañana toca expedición al pasado, retrocedemos 130 millones de años para adentrarnos en la jungla tropical. Después nos iremos una semana a relajarnos de tanto estrés a una de las islas malayas.


Hasta la vista, holgazanes.


jueves, 25 de agosto de 2011

Últimas horas en Laos

Los días en la antigua Indochina llegan a su fin. Han sido casi cuatro meses danzando por Camboya, Vietnam y Laos. Hemos vivido momentos inolvidables, hemos conocido gente maravillosa y lo hemos pasado como niños chicos. Nos marchamos con la sensación de dejar atrás un lugar querido al que seguro volveremos. Ahora toca pasar página, tenemos una tremenda ilusión por la nueva etapa en la que nos adentramos dentro de nuestro viaje. La llegada a Australia está cada vez más cerca, aunque aún nos quedan un par de meses para disfrutar de Malasia, Singapur e Indonesia. Una vez hayamos visto sus ídilicas playas y sus junglas y hayamos probado todos los platos que se nos crucen por delante pondremos rumbo a nuestras antípodas. Hemos calculado que será a mediados de octubre cuando pongamos pie en Darwin, desde allí volaremos dirección sur; todavía está por ver si iremos primero a Melbourne, a Sydney o a Brisbane... el precio del billete de avión será clave en la decisión. Tenemos la navidad playera en el punto de mira.


Estas últimas horas las estamos viviendo con gran intesidad: viajes en moto por rocosos parajes y psicodélicos lagos que albergan árboles moribundos, trayectos de autobús ardientes e interminables, litros de cerveza fresca fresca, deliciosa y picante comida india y demás distracciones nos están dando la despedida de la mejor manera posible. Dentro de un par de horas cogeremos el último tuk tuk laosiano que nos llevará al aeropuerto. Desde allí estaremos a menos de cinco de horas de Kuala Luampur.

Os mantendremos informados, gandules.


jueves, 18 de agosto de 2011

Entre Luang Prabang, Phonsavan y Vang Vieng... con el papa entre ceja y ceja.


Casi han pasado 10 días desde mi última entrada. La relajación a la que somete la cultura laosiana es como un balneario de plácidas aguas que te lleve en busca del nirvana. Esto, unido al placer de leer a Murakami, me han sumido en un estado de hibernación celestial. Han sido días de trayectos por lugares familiarmente desconocidos. Nunca habíamos pasado por estos lares, ni habíamos recorrido las curveadas carreteras de estas regiones, pero los paisajes nos son más que conocidos: campos de arroz, boscosas montañas, barrizales arcillosos... es la misma compañía que hemos tenido desde que saliéramos de Vietnam. 

 


Laos se nos está descubriendo como un país muy sanote. Come bien, hace mucho deporte, no se olvida de recuperar sales minerales a base de cerveza fresca y se acuesta muy prontito. Una de sus ciudades turísticas por excelencia, Luang Prabang, se presentó como “la ciudad de los templos”. Nosotros no entramos a ninguno. Llevamos cinco meses de visita por los alrededores y a estas alturas los templos no son ni siquiera una tentación para nuestra cámara de fotos. Tenía razón papá Serrano al afirmar que parecen sacados de Walt Disney -nunca he estado en un Disney World, pero me imagino que será algo parecido, con algo más de gastronomía y consumismo proamericanos-. Tantos coloritos, muñequitos mal hechos, budas dorados que te hacen dudar si el Buda representado es hombre, mujer o ladyboy, monjes risueños, perros malhumorados y tanta hucha de metraquilato acaban por provocar un total desinterés que casi produce aborrecimiento.


Hablando de aborrecimiento. No estoy en Madrid para manifestarme en persona en contra de la visita del abuelete ese de blanco al que supuestamente más de un millón de humanoides van a ir a dorar la píldora -o mejor dicho, la viagra-, pero me encantaría incluir en esta entrada algunas líneas acerca del vacío cerebral que sufren algunos en relación a la cultura de los ídolos religiosos. ¿Cómo puede ser que un tipo que vive en un cuento de hadas llene plazas, aeropuertos y haga que algunos dejen hasta de ver Amar en tiempos revueltos? ¿Cómo puede ser que este mismo mandamás tenga familiares relacionados con casos de pederastia, provenga de un país en el que en alguna ocasión se usa el catolicismo para toquetear pueriles enterpiernas y culos sin formar, y aun así tenga delante a un millón de personas que no sólo escuchan las mentiras que dice, sino que además se las creen a pies juntillas? Algunos pensaran que la pederastia en el seno de las escuelas católicas, a nivel internacional, es algo insignificante, no es para tanto, que son casos aislados, que casi nunca ocurren... Decir que casi nunca ocurren quiere decir que ocurren. Lo peor de todo es que han ocurrido, estarán ocurriendo ahora mismo y ocurrirán en breve. Aun así, los fanáticos religiosos van a lamerle el suelo por el que pisa y a santiguarse con agua sagrada del Canal de Isabel II mientras el hermanito y sus secuaces siguen toqueteando a algún chiquillo que desafina en el coro de la catedral de Ratisbona. Es su forma de afirmar que están de acuerdo con su iglesia, esa misma que les guía inmaculadamente por un camino lleno de peligros peligrosísimos y que les dará la salvación cuando ya no tengan nada que salvar, esa misma que se calla ante genocidios o que despilfarra en oro, esa misma que se corroe más y más con cada segundo que transcurre. El papa es la cabeza de esta vil organización y a pesar de ello se corta el centro de una ciudad para que llene de gilipolleces las cabezas de peregrinos borregos con gorras, camisetas y mochilas diseñadas para la ocasión. Y encima lees en periódicos que es bueno para la ciudad y para sus habitantes. ¿Cómo que es bueno? ¿Es que acaso cuando se marche el señor este los madrileños van a ir a recoger un cheque al banco en el ponga... gracias a la visita del papa usted ha ganado no sé cuántos euros? Ya vale de sandeces... país laico mis cojones.


Bueno, tras este breve inciso religioso, voy a continuar contando qué estamos haciendo por aquí. Lo más destacado de Luang Prabang fueron unas bonitas cataratas que estaban a unos cuarenta kilómetros de la ciudad. Acompañados por dos catalanes, un madrileño y un sevillano (el mismo que me regaló el libro de Murakami) nos metimos en un tuk tuk y nos preparamos para los saltos acuáticos desde un árbol, utilizando una liana al estilo Tarzán. De camino al lugar, el conductor hizo todo lo posible para atropellar a una serpiente. Pensábamos que el volantazo se debía a que estaba intentando evitarla, pero nada de eso, su objetivo era claro: hacer la compra. Tras el volantazo se bajó raudo, cogió a la serpiente por detrás y, como si de un látigo se tratara, le reventó la cabeza contra el asfalto. Acto seguido, la metió en una bolsa de plástico y declaró emocionado: “ésta para la cena”. Sabemos que estaba deliciosa porque al día siguiente el mismo conductor nos lo confirmó. Gracias a tal evento se ganó el nombramiento de personaje destacado de la semana. Nosotros, por nuestra parte, y tras la actividad acuática, nos hinchamos a carnaza a la parrilla, a verduras y a birras.


Nuestro próximo destino fue Phonsavan, un pueblo con un toque de película de vaqueros que hizo de base para explorar una misteriosa llanura de jarrones milenarios. No se sabe muy bien cómo llegaron los jarrones, ni quién los colocó -a lo mejor fue un papa-, ni para qué servían, de ahí que el sitio se haya convertido en el reclamo misterioso del turismo laosiano. Iker Jiménez echaría un rato muy bueno aquí, estaría encantado formulando maravillosas hipótesis sobre el tema. Para darle más emoción hay una gruta que servía de refugio durante los bombardeos de la guerra del Vietnam. Son numerosos los cráteres producidos por las bombas. Parece como si los alrededores de la gruta fueran el lugar elegido por gigantes para su partida de canicas. Las jarras, la cueva, los cráteres y las trincheras de guerra hacen que sientas cosquillas en el estómago, llenan de misticismo el lugar. Los verdes prados y el suave contorno de las montañas lejanas dan a la llanura el decorado perfecto.
 











Tras Phonsavan llegó Vang Vieng. Aquí la gente viene principalmente a hacer tubing. Esta interesante y lúdica práctica consiste en descender por el río, montado en un neumático mientras te hinchas a cervezas, cubatas y demás productos festivos en los bares que se han instalado en ambas riberas. Dado el carácter de la actividad, el sitio está lleno de jóvenes mochileros con ganas de marcha. Nosotros decidimos que, en lugar de alquilar un neumático, alquilaríamos una canoa y pasamos un día entero dándole al remo. Hicimos 17 kilómetros, visitamos un par de cuevas, una de ellas acuática, comimos arroz frito y nos tomamos un par de birras en uno de los garitos fluviales.


El pueblo está en un paraje fascinante. Rodeado de altos riscos es un lugar ideal para realizar todo tipo de actividades deportivas. Puedes hacer bicicleta de montaña, senderismo, pesca, escalada, etcétera. Isabel se ha pasado la mañana trepando paredes, mientras yo corría entre jóvenes pescadores de arrozal.




Mañana, o pasado -todavía está por decidir- pondremos rumbo sur y llegaremos a la capital, Vientiane. No tenemos muchas referencias, pero nos han dicho que te puedes comer unos solomillos cojonudos.


Padres y madres, cuidado con vuestros hijos que el Lobo y su manada andan cerca...  esta vez no vende caramelos en la puerta del colegio, esta vez va vestido de blanco y lo pasean en un cochecito de juguete.


martes, 9 de agosto de 2011

De Huayxai a Luang Prabang en barco lento

Descender el Mekong montado en un barco lento durante dos días te ofrece diversas actividades. Puedes observar la increíble vista: riberas semiboscosas resguardadas por suaves montañas, pequeños campos de arroz de vez en cuando, un par de templos y algún que otro diminuto poblado camuflado entre los árboles.

Es muy recomendable convencer al capitán para que te deje subir a la proa del barco durante un tiempo y beberte allí una birra fresca disfrutando del Mekong sin cortinas enrolladas, ni barras, ni cabezas de turistas.

Otras atracciones son: la lectura, dispones de tanto tiempo que cualquier libro es pequeño; las cervezas en la parte trasera del barco, rodeado de viajeros con ganas de cháchara; y los paseos al baño.

Al ser un viaje de dos días, haces una parada obligada en el pequeño, pero matón, pueblo de Pak Beng. Parece muy  inocente cuando llegas, pero esconde una doble cara. A los diez minutos ya te han ofrecido de todo. Lo remoto del lugar y la escasez de policía han dado vía libre a demasiado "camelleo".

A pesar de ser tan pequeño tiene un número desmesurado de hoteles y pensiones, un número razonable de restaurantes y un número nulo de garitos con música.



En el segundo día puedes disfrutar de las mismas atracciones que en el primero durante otras ocho horas más, y además tienes la ventaja de que llegas a Luang Prabang, destino final del trayecto.







El viaje cuesta 220.000 kips (comprándolo directamente en el embarcadero) y sale alrededor de las 11:30 de la mañana. Puedes llegar al embarcadero desde el centro de Huayxai, caminando -15 minutos-, o en tuk tuk -tres minutos- por 5.000 kips. En las agencias de viajes sale alrededor de 40.000 kips más caro.

 

Ahora nos quedaremos unos días en Luang Prabang. Todavía no tenemos muy claro dónde iremos después.



Yes, we jarl!

   

sábado, 6 de agosto de 2011

Los gusanos hervidos saben a patata

Eran las 12 del mediodía cuando llegamos a Luang Namtha. Una negra cagada de paloma que cayó directa sobre el cuello de mi camiseta me dio cordialmente la bienvenida mientras mantenía la cotidiana conversación con el conductor del tuk-tuk que nos llevaría de la estación al pueblo:

- Hola, ¿qué tal?- le saludé.
- Hola... al pueblo son 10.000 kips.
- ¿10.000 kips, tan lejos estamos, my friend?- repliqué con tono regateador.
- Sí, a 10 kilómetros... 'hostia, te acaba de cagar una paloma en el cuello!... eh, eh, chicos, chicos -dijo llamando la atención a sus colegas- que al guiri le ha cagao una paloma en el cuello... ji ji ji, ji ji ji. 

Después de las chanzas, llegamos al pueblo y nos metimos en el que ha sido nuestro hotel con spa, piscina y gimnasio.

Nos hemos pegado cuatro días de recuperación vital. Veníamos de Vietnam cargados de energía; fue un mes de no parar de moverse. Ya nos merecíamos disfrutar de la calma... y dónde mejor que en este pueblecillo de Laos. Recorriendo sus caminos a pie y en bici, disfrutando del la piscina y del spa gratuitos -llámense cataratas-, bebiendo algo de beerlao con un bocatita de huevos con salchichas en mano y acostándose a las 22:00 de la noche, se levanta uno como nuevo al día siguiente... y todo esto sin ruido.

El pueblo de noche está muerto y de día está convaleciente. No tiene numerosos atractivos, pero sus alrededores merecen la pena. El centro tiene un un par de mercados con fruta,  verduras, cerveza fresca y carne a la parrilla. Ah... y unos cuantos centros de eco-turismo, que te cobran una pasta por hacer lo que llaman un “eco-trekking” o un "eco-kayaking" o un "eco-tesajolacartera"... ¡no son nadie los del eco-turismo! Los alrededores están ocupados por pequeñas comunidades de entrañables personas: algunos chavalillos nos han enseñado técnicas de pesca en los canales de irrigación de los campos de arroz, hemos visto la peluquería de Marcial y hemos aprendido cómo se saca la seda de los capullos de los gusanos.... y ya de paso hemos degustado los gusanos hervidos -se puede ver a uno de ellos flotando en el agua de la perola... ¡cómo si no hubiéramos tenido sufienciente con los fritos!-.


Dos canadienses, Jeff e Isabelle, nos han acompañado en nuestro recorrido. Los conocimos en el bus que nos trajo hasta Laos, y nada más ver la cara del colega mientras se plancha en el autobús, quedamos encantados con su compañía. 

 



Por cierto, ya tenemos billete de avión... el día 25 de agosto volaremos a Kuala Lumpur.

Por delante nos quedan 20 días en Laos... os mantendremos informados.


¡Gandules!




lunes, 1 de agosto de 2011

Frontera entre Vietnam y Laos en autobús, de Dien Bien Phu a Oudomxai.

En el mapa parece poca cosa, parece como si desde Vietnam fueras a estar en Laos en menos de tres horas. Para google maps son 195 km y 2h 45min. La realidad es bien distinta.

Entre que el minibús sale con la hora de retraso de rigor de la estación de Dien Bien Phu, que los policías fronterizos -aparte de sacacuartos- son más lentos que el caballo del malo, y que las carreteras que unen la frontera de Laos con el primero de sus pueblos con cajero automático (Oudomxai) no son carreteras sino caminos de piedras en obras, la duración total del viaje fue de más de 14 horas. Si además sumamos que a la mitad de los ocho mochileros que cruzaron la frontera los desplumaron por completo -por suerte no nos tocó a nosotros-, el cruce de países se puede considerar bastante entretenido.

Necesitamos un minibús de Dien Bien Phu a Muang Khua, una barquita para cruzar un caudoloso río, un tuk-tuk para llegar a la estación de Muang Xai y otro minibus para llegar a Oudomxai. Las vistas inmejorables y los fuertes chupitos de licor de arroz con los que nos recibieron en el primer bar de camino laosiano hacen del trayecto una experiencia única para todos los sentidos. Cruzar un bravo y turbio arroyo montado en el minibús, comprobando que se inunda por dentro, tanto de agua como de humo del motor, también le da un plus de emoción al asunto.

En definitiva, el cruce de fronteras por tierra es 100% recomendable.  


PD: Quizá no todos los viajeros opinen lo mismo.


sábado, 30 de julio de 2011

Una de piratas

Llevamos tiempo sin informar de nuestras andanzas y ya es hora de que os enteréis de cómo va el tema por aquí. El estar acompañados de Fran y Raquel, nuestros queridos malaguitas,  nos quita tiempo para escribir y nos lo da para hincharnos a birras y a comida callejera. Con ellos hemos recorrido las callejuelas de la capital, hemos navegado por la bahía de Halong y paseamos por los verdes valles de Sapa. Allí nos separamos de nuevo; ellos dirección sur y nosotros dirección oeste.



Hanoi, al igual que Saigón, es una ciudad con tráfico intenso, de ruidosas calles abarrotadas de vehículos y de gente. Al igual que en las ciudades grandes, la mayoría de sus habitantes son ariscos y maleducados, sobre todo aquellos que han de bregarse con el turismo a diario. Son duros de cojones, aunque afortunadamente siempre encuentras excepciones que te hacen ver algo de claridad al final del túnel. No entendemos muy bien cómo puede cambiar tanto el carácter de los vietnamitas respecto a camboyanos, tailandeses o birmanos. Aquí las sonrisas escasean y los malos gestos abundan. Las chapuzas están a la orden del día y no te hace falta estar mucho tiempo para darte cuenta de ello.


Menos mal que los paisajes, las playas y las montañas del país son un pasote; aunque en nuestra opinión, un país no lo hacen sus vistas, sino sus ciudadanos. Son muchísimos los turistas con los que hemos coincidido que nos han dicho que “esta es la primera y la ultima vez que visitaré este país”. Quizá sea el hecho de que su sistema educativo es mucho más débil en comparación a los países de la zona, o que han tenido una historia muy dura, plagada de invasiones y guerras, o que al estar tan reprimidos y acojonados por su tirano gobierno, intentan desquitarse con los turistas del miedo y los problemas del día a día. Aquí el turismo no se cuida, aquí el viajero se encuentra con numerosas dificultades para moverse. No se le respeta en absoluto. Por poner algún ejemplo que hemos vivido en nuestras propias carnes: taquilla de una estación de tren, por fin consigues llegar a hablar con la persona tras el mostrador, no llevas más de diez segundos intentando explicarle adónde quieres ir cuando una tipa te pega levemente con el codo, mete la cabeza en el boquete de la cristalera y empieza a pedir su billete. La currante de la estación, en lugar de decirle que espere su turno porque estaba atendiendo a otro cliente, le da su billete y se olvida de ti. Cuando te quieres dar cuenta tienes a cuatro vietnamitas delante de ti y a la currela sin hacerte ni puto caso –esto nos ha pasado las tres veces que hemos pillado el tren-. Otro ejemplo, te subes a un autobús y el conductor te mete prisa para que subas, no porque vayas lento sino porque es un amargado que te cagas. Tú vas lo más rápido que puedes, intentando ser lo más agradable posible, pero aun así te llevas un empujón por parte del ayudante del conductor de autobuses, que con malísimas maneras, y con el autobús ya en movimiento, te dice dónde está tu asiento y se va echando pestes mientras el resto de vietnamitas se descojona de ti.


Estos ejemplillos sirven para mostrar la norma general del civismo vietnamita. Como he dicho antes siempre hay excepciones y encuentras personas bellas y honradas. Puede que no lleguen a sumar cinco en total las que nosotros hemos tenido el placer de conocer. Comparando estos datos con la cantidad de buenazos que habíamos conocido en Tailandia, Birmania y Camboya, es fácil decir que los vietnamitas han sido los más duros de todos, los más ásperos y los más irrespetuosos.


Sin embargo sus parajes naturales son alucinantes. Merece la pena sufrir ciertos malos rollos de vez en cuando para poder contemplar sus infinitas playas de arena blanca, sus boscosas montañas, sus gigantescas cuevas y grutas o su increíble bahía de Halong.


Justo antes de visitar Hanoi hicimos una parada en Dong Hoi, una pequeña ciudad costera a medio camino entre Hué y la capital. Además de con sus larguísimas playas, nos quedamos maravillados con la que hasta hace dos años era la cueva más grande de Vietnam, Phong Nha -en 2009 descubrieron la cueva más grande del mundo a sólo 12 kilómetros, pero todavía no está abierta al público-. Es impresionante adentrarte en tan tremendo boquete. Montados en una barca y deslizándonos suavemente por el río que atraviesa la cueva, pudimos descubrir sus inmensas grutas, sus altísimas estalagmitas y sus amenazantes estalactitas. Había cavidades del tamaño de la madrileña estación de Atocha y pequeños y afilados recovecos cargados de misterio y humedad.


Después, y una vez visitado Hanoi, donde paseamos, bebimos y comimos en cantidades industriales, fuimos a la bahía de Halong. Nos pusimos el traje de capitán Pescanova y nos montamos en un barco durante dos días, acompañados por gran número de personajes. Había mochileros internacionales, un espía del gobierno, vendedoras ambulantes en barquitas de madera... Lo pasamos en grande, aunque la excursión estuviera organizada al estilo vietnamita; es decir, más chapucera imposible.


La agencia de viajes de Hanoi nos la había vendido como algo espectacular: tres días y dos noches (una de ellas en hotel y otra en barco), comida de lujo, guías especialiazados y que hablaban inglés a la perfección, camarote con todo tipo de lujos, transporte desde el hotel y hasta el hotel, etc, etc, etc. La realidad fue la siguiente:


Hanoi, 8:00. Apararece un autobús petado de gente en el que nos metemos cual sardinas enlatadas. Llega la hora de pagar y nos dicen que tenemos que pagar menos de lo que habíamos acordado. “¿Cómo que menos?” Empezamos a comentar que quizá sea un error o que a lo mejor el paquete 'deluxe' que habíamos acordado fuera un mojón o una pantomima para captar clientela. Le preguntamos al coleguilla que si hay algún fallo. Se echa el móvil a la oreja, llama a la agencia y le dicen que no hay nada raro, aparte de que el servicio 'deluxe' está lleno y de que tenemos que ir por pelotas en el servicio 'standard'. Típico vietnamita: pides algo que no hay y te ponen otra cosa -que puede que hasta sea más cara-. En este caso, y para nuestra sorpresa era más barata; eso sí, nada de excursión de lujo, y todo esto ya a las afueras de Hanoi, sin posibilidad de reacción.


Tras varias horas de viaje llegamos al puerto de Halong City, y para nuestro regocijo nos separan del grupo en el que veníamos y nos dicen que a nosotros nos toca ir al puerto del que salen los barcos mejor preparados. Llegamos al puerto y, efectivamente, el barco era una pasada: maderita barnizada, todo tipo de detalles ornamentales, toldo en cubierta para resguardarse del abrasador sol... Pensando que habíamos triunfado, y que por primera vez habíamos salido benefiacidos del chapucismo vietnamita, empezamos nuestra aventura por la bahía. Paramos en una cueva -grande, aunque no tan impresionante como la de Dong Hoi-, visitamos un pueblo flotante y nos pegamos un chapuzón en un ídilica piscina natural marina rodeada de altos y verdes riscos a la que se llegaba atravesando una pequeña gruta en una de las grandes montañas de piedra caliza que abundan por la zona.


Después, nuestro guía, que hablaba buen inglés, nos explica que nosotros pasaríamos la primera noche en un hotel y la segunda en un barco. Este fue el único guía que hablaba inglés y ese sería el único trayecto que haríamos con cierto tipo de comodidades. A partir de aquí llegaría la realidad.


Nos desembarcan en el puerto de la isla de Cat Ba y nos asignan otro guía, que por cierto venía acompañado del espía del gobierno -el muy gachón nos lo presentó como un guía en prácticas-. A duras penas nos informa de que después de la cena nos llevarán a nuestro hotel y nos da el plan para el día siguiente: desayuno, caminata, playita, comida y noche en barco. Tras más de un hora de espera en el puerto, nos subimos al autobús y atravesamos la isla en dirección a Cat Ba Town. Cenamos en menos de media hora, instigados por las prisas de la antipática camarera, nos volvemos a meter en el bus y nos llevan a nuestro hotel... por decir algo. Aquello de hotel no tenía nada. Era una pensión que se caía a trozos; suciedad, humedad, agujeros y malos olores; menos mal que la cervecería quedaba a menos de 100 metros. Nos duchamos a la velocidad de la luz, nos comimos un bocatita rico rico y nos sentamos a disfrutar del frescor del gaseoso líquido elemento.


A la mañana siguiente nos recogen de la chabolilla, nos llevan a desayunar: pan chicle con mantequilla caducada y mermelada de fresa; nos vamos a hacer la caminata: resbaladiza, embarrada, empinada, y lo mejor de todo, sin guía. Él pasó de subir con nosotros y ni siquiera nos avisó de la dificultad y el peligro que entrañaba la ascención. Nos dijo que volviéramos en dos horas, que no nos retrasáramos y que él nos estaría esperando para ir de vuelta al hotel a comer para después ir a la playa. Cuando volvimos de escalar, con barro hasta las orejas, allí no había nadie esperándonos; ni el guía, ni el autobús, ni Rita la Cantaora. Estuvimos aguardando una hora y media a que llegara otro guía y nos dijera que corriendito nos metiéramos en el autobús.


Cuando llegamos al restaurante comimos lo mismo que habíamos cenado el día anterior y el nuevo guía -ya era el tercero- nos dijo macarrónicamente que teníamos un par de horas para disfrutar de la playa, que estaba a quince minutos caminado. A la vuelta tendríamos que estar listos para coger nuestras cosas y meternos de nuevo en el bus para volver al puerto a meternos en el barco en el que pasaríamos la noche.



Cuando nos montamos en el barco ya estaba atardeciendo. Tras numerosas conversaciones telefónicas, el guía había conseguido meternos en un barco que ni tenía barniz, ni detalles ornamentales, ni toldo. Por supuesto sus habitaciones no tenían aire acondicionado ni neveras, así que las ocho latas de cervezas, la botella de ron y los dos litros de cocacola tendrían que ser enfriados en algún otro sitio. Sólo nos quedaba la opción de la nevera del restaurante. Le preguntamos a uno de los camareros si nos podía guardar las birras para que se enfriaran y nos dice que “no, si lo guardáis aquí, tenéis que pagar un dólar por cada una de ellas que consumáis en el barco”... “¿cómo?”... “lo que oyes, compadre”. Además nos las confiscaron para que no las bebiéramos. Menos mal que las metió en la nevera, por lo que al menos nos las devolvería fresquitas.


Se nos nubló la visión, nosotros que íbamos preparados a disfrutar de un botellón a la española en la cubierta de un barco en la vietnamita bahía de Halong, vimos nuestras intenciones frustadas al primer momento. Aun así todavía teníamos la opción del ron y la cocacola. Pensamos que después de cenar pediríamos dos cocacolas y cuatro vasos y nos haríamos los cubatas de extranjis, ayudados por la oscuridad de la noche.


Dicho y hecho. Terminamos de cenar y pedimos las dos cocacolas. El vietnamita detrás de la barra, que al igual que todos sus compatriotas era espabilado por naturaleza, nos dice que los vasos sólo se dan para la cerveza, que la cocacola se bebe directamente de la lata. No contaba el vietnamita con la picaresca española... tras varios minutos de negociación nos dio los cuatro vasos, eso sí, sin un mísero cubito de hielo. Mientras tanto el espía disimulaba devorando un diccionario de inglés-vietnamita.


Contentos por haber ganado una batalla y fastidiados por no tener hielos con los que enfriar nuestro cubalibre subimos a cubierta. El panorama allí era desalentador. Nuestros compañeros de barco, todos ellos jóvenes y de diversas nacionalidades (franceses, portugueses, australianos...), parlaban en susurros, con un modus operandis demasiado tránquilo para lo que nosotros esperábamos. Mirábamos alrededor y no veíamos nada de nuestro agrado. Y para colmo estábamos bebiendo ron con cocacola caliente. Los tragos nos hacían recordar esas últimas horas de botellón: sin hielos, pero con ganas de pimplar algo más; con los compañeros ya cansados de la labor etílica, pero con cierta ilusión de poder volver a encontrar la euforia y el jolgorio. Necesitábamos un plan. Como no había dios que se bebiera esa mierda de cubalibre, decidimos actuar de camellos etílicos. Pensamos pasar la botella al grupo de tránquilos e intentar con eso animar el cotarro. El guía en prácticas, por su parte, hacía su pase de pernocta intentando integrarse en alguno de los grupillos.


Nos acercamos cual delincuentes al portugués, con el cual ya habíamos entablado conversación en la tarde y el cual cumplía con todos los requisitos de un buen fiestero, y le ofrecimos la botella. Para nuestra sorpresa, él también estaba disfrutando de unas birras que había traído escondidas en la mochila. Lo de disfrutar es un decir, porque como todos sabéis, la cerveza caliente no es de muy buen paladar. Cuando escuchó nuestra proposición indecente, no lo dudó ni un segundo, agarró la botella de ron barato vietnamita -no digo nada relativo a la calidad- y le pegó unos cuantos buches de órdago sin dudarlo. El francés que estaba a su lado, y que también bebía birra de extranjis, fue el siguiente en enganchar la botella cual buen pirata caribeño y le pegó otro tragazo prolongado.


Una hora después no quedaba alcohol en cubierta; lo teníamos todo dentro. Posteriormente nos enteramos de que un australiano y sus amigos franceses se habían ventilado una botella de vodka en un pispas; eso sí, sin compartir ni gota -algo de lo que estábamos más que agradecidos-. Las bases para una buena noche ya estaban puestas. Para colmo, nos llaman los miembros de la tripulación y nos avisan de que abajo, en el restaurante, estaban celebrando el cumpleaños de una de las trabajoras del barco y de que todos estábamos invitados a participar en la fiesta. Tenían una mesa con comida, ron y la música a todo volumen. ¡Lo que nos faltaba! Los vietnamitas pensaron que gracias al cumpleaños por fin consumiríamos sus bebidas, lo que no sabían es que ya llegábamos finos al emotivo evento. Tarta, velas, bailes, karaoke y algo más de cerveza hicieron que llegara el desfase.


Este fue el momento estrella del espía. Crecido tras unos cuantos tragos de ron empezó a decir a todo cristo que él era un viajero como los demás. El muy cabrón hablaba inglés y francés. El tío ya no era guía en prácticas, ahora era espía en prácticas. Se tiró un buen rato sacando información a un francés, que extrañamente había perdido su pasaporte. Al día siguiente fue el mismo espía quien le localizó el pasaporte. Aparentemente lo tenía un limpiabotas en Halong que había llamado por teléfono. La historia no tenía ni pies ni cabeza, pero se resolvió con 500.000 dongs para el espía y pasaporte para el francés... raro, raro, raro.


Cuando nos quisismos dar cuenta, aquello era el despiporre. El portugúes le pedía al capitán que encendiera el motor y pusiera rumbo norte... ¡a Japón! El australiano y los franceses daban tumbos sin parar; la botella de vodka caliente les estaba pasando factura. Las españolas bailoteaban con el guía y la cumpleañera. Los otros franceses miraban atónitos sin saber muy bien qué hacer. La tripulación estaba sorprendidísima de cómo aquellos occidentales podían tener tanta marcha en el cuerpo si sólo habían pedido un par de cervezas.


La fiesta duraría hasta las doce. El portugués se erigió como el auténtico revolucionario y, tras haber actuado con el sobrenombre de Dj. Captain, intentó organizar un motín para que todos los que estábamos abordo saltáramos al agua a pegarnos un chapuzón. Hubo un momento tenso cuando el capitán descubrió que ya había tres guiris medio en pelotas a punto de saltar por la borda. La estricta normativa vietnamita podría ponerle en el talego, quitarle el barco y dejarle sin curro. Y aquí en Vietnam no se cobra paro, ni beneficios sociales, así que la cara de susto del pobre capitán y los demás miembros de la tripulación era considerable. Tras varios minutos de tensas negociaciones se decidió no saltar. Se esperaría hasta la mañana para hacerlo, cuando ya era legal, pero no tan emocionante.


A la mañana siguiente las caras largas y resacosas estaban más que presentes. Pocos se salvaban de la resaca. El capitán tenía unas ojeras que le llegaban a los pies, el guía nos miraba a todos con cara de asco y el espía se quedaba dormido con el diccionario en la mano. Se morían de ganas por llevarnos a puerto y olvidarse de nosotros.



Tres horas de autobús y ya estábamos de vuelta en Hanoi. 24 horas más tarde estábamos poniéndonos las sudaderas por primera vez en cuatro meses. Habíamos llegado al norte de Vietnam, a la montañosa Sapa y toda la odisea del viaje en la bahía ya formaba parte del pasado.


Pasamos cuatro días gozando de largas caminatas montañeras, acompañados por gente de diferentes pueblos, rodeados de arrozales, mazorcas, plantas de marihuana y búfalos. No penséis que la marihuana aquí es legal, o que por crecer libremente junto al maíz, se fuma sin parar. Aquí la utilizan para hacer tejidos y sólo algún viejete místico parece disfrutar de su uso festivo.


Mañana pondremos rumbo a Laos. Será el quinto país que visitemos. En él cumpliremos cinco meses de viaje. Después llegarán Malasia e Indonesia.


Os seguiremos informando.
Buenos días y buena suerte.